lunes, 31 de diciembre de 2007

Una Coca bien gauchita


Si no fuera porque esta señora aún sigue viva (O no? Capaz que feneció y no me enteré, avisen, así le organizo un tributo), pensaría que en mi vida pasada yo he sido la “Coca” Sarli.
Es una maestra esa señora, una gauchita con todas las letras.
Esa imagen de ella agarrándose esas colosales tetas, diciendo con cara de gata en celo: ¿¡Qué pretende usted de mi?! Es genial. No me digan que no. Y lo mejor de todo es que esas tetas no eran de siliconas, hoy que pulula tanto plástico en la tele argentina…
Yo tendría que haber sido la Coca Sarli.
Pero no tengo el carisma de ella. Y mirá que yo una vez rodé por la arena en bolas, cuál alfajor de maizena pasando por el coco rayado, pero no hubo caso, no apareció ningún muchacho formido dispuesto a amarme.
Solo un perro que empezó a olfatearme y a ladrar como si hubiera visto a una ballena encallada en la costa. Para colmo, se me llenó el traste y la espalda de aguas vivas, y estuve varios días con unas ronchas poco “glamorosas”.
Esto a la Coca no le pasaba. Siempre aparecía Bó, detrás de un árbol, montando un tiburón, o bajando de un helicóptero y la hacía suya inmediatamente entre los yuyos, en una choza de junco o sobre la arena.
Ahora, ¡Qué “open mind” el marido de esta señora! Mis novios jamás se hubieran predispuesto a facilitarme a algún familiar para que cumpla con los requerimientos de los que ellos no se querían hacer cargo.
Con razón esta mujer era una maestra, con un marido así quién no se agarra las tetas y anda provocando por ahí a ver si te sale un tipo debajo de una piedra y te hace bramar de placer en el yuyal más próximo.
Una vez, un ex compañero de trabajo me dijo: “¡Vos sos la Coca Sarli de acá!” No se si me lo decía por las tetas, (porque yo también soy pechugona) o por que me consideraba un icono sexual. Pero considerando el rumbo que tomaron las cosas, supongo que por las tetas. Se imaginan que con semejante piropo, el tipo lo que quería era bajarme la caña, cosa que le permití porque no me pude resistir a su halago… Siempre fui tan accesible…además de gauchita.
Bueno, pero ya me fui por las ramas, porque ese no era el punto.
El punto es que la Coca Sarli fue mi mentora en el arte de la provocación, esa que se ejerce con cara de boluda, como esquivando al bulto, pero bien predispuesta a lo que el señor provocado quiera hacerle a una, que no se tira encima del tipo porque todavía le queda un poco de decoro.
Así que les propongo a mis amigos-lectores, a aquellos que sean fanas de la Coca, que nos organicemos y le armemos un homenaje, porque fue una gran ratoneadora, porque esas tetas no son de silicona, y porque era la más gauchita de todas…

jueves, 27 de diciembre de 2007

Abstinencia


Nunca pensé que llegaría hasta estas circunstancias, pero estoy tocando fondo.
Cual drogadicto en proceso de recuperación, estoy con un claro ataque de abstinencia.
Cada ser masculino que se cruza en mi camino me resulta inquietantemente sexi. Y eso que yo nunca fui exquisita para los hombres, es más ni siquiera tengo un claro patrón de belleza para mi gusto masculino.
Siempre fui bastante dispar a la hora de encariñarme con un muchacho.
He tenido amores rubios, morochos, de pelo largo, pelados, muy flacos, muy gordos, altos, bajos, con cara de nerd, rolingos, hipies y hasta menores de edad…En fin, de todo un poco…porqué en la variedad está el gusto.
Pero últimamente ya me he transformado en un serio peligro para el género masculino en su totalidad.
Sea quien sea, donde y como sea, intento llamar la atención de cada varón que se me cruza.
El menor roce de piel despierta una calentura poco manejable, que termina desencadenando una serie de situaciones bochornosas que me tienen como protagonista y que más que redundar en una cita, desembocan en una extraña mirada, mezcla de pánico y lastima.
Necesito hacer algo con extrema urgencia, porque en cualquier momento pierdo la dignidad, la salud y la libertad.
He intentado levantarme al carnicero del frente de mi casa delante de su esposa, sus 2 hijos y la vieja del 2º.
Al oriental que recibe las bolsas en el super coreano de la vuelta de mi edificio, balbuceando boludeces sin sentido y bien fuerte para que me entienda (¿porque cuando alguien habla otro idioma, uno le habla fuerte y lento? Pregunta trillada si las hay, pero sin respuesta)
Al ferretero, hasta que me dijo el precio de las tabletas para los mosquitos.
A todos los taxistas, vendedores ambulantes, cajeros de banco y tantos otros más
Cualquier ocasión es buena para salir con un escote pronunciado, que más que sugestivo es revelador.
Me paseo descaradamente por las obras en construcción, solo para escuchar los piropos de los obreros.
He llegado al extremo de atender, un domingo a las 10 de la mañana, a un testigo de Jehová o ¿era evangelista? Bueno lo que sea, no le presté atención a nada de lo que dijo sobre la Salvación y el Apocalipsis.
Lo peor de todo sucede cuando vuelvo a mi hogar y me doy cuenta de que estoy dando vergüenza por ahí, y que si alguno de estos señores me diera bola, a la mañana siguiente desearé mudarme al medio de la selva misionera, y vivir de lo que me dé la tierra hasta que la deforestación me alcance y no me quedé otra que rajar al centro urbano más próximo, donde seguro volveré a cometer los mismos excesos, sin poder evitar el ridículo.
Por suerte todavía no toqué fondo, quiero decir que no intenté levantarme a los maridos, novios, padres y hermanos de mis amigas, ni a mis compañeros de trabajo. Es que aún conservo alguno de mis principios. El problema es hasta cuando…
Por dios, necesito un novio, amigo intimo o amante, antes que termine en Tribunales con una orden de restricción o ajusticiada por una mujer celosa
Si conocen algún grupo de ayuda, un 0800, o tienen un tipo para presentarme, comuníquense a la dirección de mail que aparece en la página.
Se gratificará el gesto.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Somatizando

Como buena hija de psicóloga, y como en casa de herrero cuchillo de palo, la señorita que suscribe es una experta en el arte de somatizar.
Todo comenzó a los 15 años, como no podía ser de otra manera, tenía problemas sentimentales, le robé el novio a mi mejor amiga, y como consecuencia del mal trago emocional, me salió un lindo, rosado y persistente sarpullido en la cara.
No era acné juvenil, nunca lo sufrí. Mis granos siempre fueron producto de mi inestabilidad psíquica-emocional.
Superado el mal trance, previo paso por la dermatóloga (porque aunque a mi madre le de por automedicarse, con sus niñas siempre fue muy responsable y nos llevaba a profesionales de la salud). Mi vida entró en un páramo emocional.
Pero no todo mal dura cien años. Este me duro 4.
Así que a los 19 comencé a sufrir unos extraños estados febriles, que me tiraban en la cama con 39 grados de temperatura corporal y sin ningún otro síntoma de enfermedad alguna, más que los cuernos que me ponía mi novio de turno.
Otra vez el desequilibrio.
Con 19 añitos y un novio que tenía otra mina, según los señores médicos, tenía stress. Así que aproveché la “bolada” y me dí la gran vida por un añito, más o menos. Aproveché para perseguir y volver loco a mi noviecito a mis anchas…
Pero…Lo bueno se acaba y volvió el páramo o mejor dicho me enamoré como una tonta, y así mi vida entró en un equilibrio emocional, que no duro mucho, como todo en mi vida.
Cuando las cosas empezaron a andar mal con mi amorcito, esta vez era una clara incompatibilidad de caracteres, empecé a sufrir de una persistente y poco cómoda gastroenteritis aguda.
De vuelta los médicos con su famoso stress. Pero mi señora madre insistió hasta el hartazgo que fuera a un gastroenterólogo, cosa a la que no le dí bola porque sabía que mi cuerpo me estaba pasando factura, reclamando que abandone a mi amado.
Cosa que no hice, de pura empecinada que soy.
Es que me empeñé en que el corazón mandá sobre la cabeza y esta sobre el cuerpo, entonces no iba a dejarlo, aunque el cuerpo me lo pidiera a gritos. Además bien turrito el cuerpo, porqué cuando lo dejaba (fueron 5 veces en 6 años) también me reclamaba su ausencia.
En fin, como siempre, una gata flora elevada a su máxima potencia.
El asunto es que superada la gastroenteritis y separada para siempre de mi príncipe encantado, en los últimos años comencé a padecer de gastritis.
Cosa un poco más jodida, porque si bien su causa es afectiva, mi vieja haciendo uso de su patria potestad, me llevó de los pelos al gastroenterólogo, aduciendo que no iba a permitir que me agarrara una úlcera.
El tipo me médico con Ranitidina y me ordenó comer sano, y abandonar mis preciados vicios: el fernet, el pucho y el mate. Aditivos fundamentales para sentirme equilibrada emocionalmente.
Ahora que ya estoy bastante mayor y el cuerpo me pasa factura de todos los excesos que cometo, me estoy planteando seriamente la necesidad de hacerme vegetariana. ¡Con lo que me gusta el chorizo colorado, que lo parió!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Más claro, echale agua

Un grupo de amigas encabezado por quién les habla e integrado por la Noe, la Gaby, la Flaca, Valle, la Wicha y la Romi, estamos organizando una cruzada solidaria en contra de los hombres histéricos.
El objetivo principal es avanzar sobre ellos, ponerlos contra la espada y la pared, y obligarlos a decidirse.
Como es eso de: “Si, pero no” “Puede ser, pero no estoy seguro” “No sos vos, soy yo” (excelente película, veanla) “Quiero estar con vos, pero no quiero abandonar mi libertad”
Estamos cansadas de esta clase de señores que se pasan la vida, pretendiendo nuestra exclusividad pero negándose a cumplir la normativa vigente para que esa exclusividad sea real, tangible y sobre todo de las dos partes involucradas.
Estamos cansadas del “Cuando pinté” Y una parada como una estúpida en la puerta de la Pinturería esperando que abra y mandando mensajitos de texto preguntando: ¿Qué color te gusta?
Este es un llamado a la solidaridad para todas las compañeras victimas del mismo flagelo. Unamos banderas chicas, salgamos a las calles, hagámonos oír, reclamemos por el cumplimiento de nuestros legítimos derechos.
Porque esto es simple: “O estás conmigo o te las tomás y no me jodas más”.
Nada de “Dame un tiempo, vamos viendo, dejemos que fluya.”
Porque cuando nos cansamos de esperar y nos rajamos con otro, la histérica es una.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Las máximas de la Reina Madre

Hace dos meses que despierto todas las mañanas con dolor de garganta, los ojos me arden, por la siesta estoy aturdida y más de una vez sudo frío.
Es que no hay caso, mi vieja es sabia.
Siempre me dijo que no tengo que dormir toda la noche con el ventilador prendido, detenido en mi cara, porque me voy a resfriar.
Y desde que vivo sola estoy descubriendo que todas esas máximas que tiene mi madre a la hora de enfrentar el mundo con salud, alegría y orden, son verdaderas enseñanzas de vida.
Por ejemplo, a las bolsas que se le pone al cesto de basura hay que hacerles la prueba hidráulica, es decir llenarlas de aire y fijarse que no estén pinchadas, porque después te manchan el piso con el líquido que chorrean y te llenan de olor a sucio el tachito, que para colmo de males siempre está en la cocina.
Otra máxima fundamental para el normal desarrollo de la vida de los seres humanos es no tomar yogurt por la mañana ya que te llena de gases. Hecho más que problemático cuando uno trabajo en una pequeña oficina sin ventanas.
No hay sahumerios que aguanten, ni nariz que se lo merezca.
Volviendo al asuntito de la basura, mi vieja ha desarrollado durante toda su vida una técnica para que los perros y los gatos no le rompan la bolsa cuando la saca a la vereda, desparramando todo lo que contiene. Hay que envolver la bolsa con papel de diario, así no sienten el olor de la comida.
Antes pensaba que mi señora madre compraba el diario para estar informada, hoy estoy segura que lo hace para que los gatos no le rompan la bolsa de basura.
Igual y para no ser injusta con mi madre, debo aclarar que le da varias utilidades al diario. Como felpudo para limpiarse los pies cuando uno llega de la calle y ha llovido, y para limpiar los vidrios. Según ella es mucho mejor que el papel tissue.
Cuando el jabón de tocador se acaba, y solo quedan esos pedacitos que no sirven ni para lavarse las manos, no se tira. Se guarda en un jarrito y una vez que se han juntado varios pedacitos de jabón, se utilizan para poner la ropa en remojo en un balde, antes de meterla en el lavarropas.
Decí que mi viejo le sacó la maña de secar la yerba usada al sol. Igual sigue guardando el pan viejo hasta que se seca bien y se endurece como para rayarlo y empanar las milanesas. Las maquinitas de afeitar sin filo tampoco se tiran, son ideales para sacarles las bolitas a los pulloveres. Lo mismo con cualquier frasco en desuso, nada se tira, uno nunca sabe cuando va a necesitar un pomo de dentífrico vacío (¿?)
Y es así muchachada, mi vieja nació en un pueblito que no tenía ni luz eléctrica, para luego pasar gran parte de su adolescencia en un internado de monjas. Ambos hechos que, según sus propias palabras, le han enseñado a optimizar al máximo los recursos y mantener una vida saludable.
Siempre nos dice: “Tengo 60 años, 2 nietos y ninguna arruga. A mi no me vengas con esas cosas modernas de la vida naturista”
Una sabia mi vieja, sin duda.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Año nuevo, vida nueva

Estoy superando la tremenda crisis que atravesaba hace unos meses.
Entre las causas del milagro, barajo varias hipótesis.
A saber:
- Me compré un lavarropas automático. Entre los preceptos feministas se debe incluir la brega por la adquisición de este tipo de electrodomésticos, es el componente principal para la tan ansiada liberación femenina.
- Me compré una depiladora eléctrica. La tortura de la cera la he erradicado de mi vida. El problema es que ahora estoy adquiriendo una relación simbiótica y enfermiza con la depiladora, como la que tengo desde hace 10 años con la planchita del pelo. Si, los pelos son un tema de psicoterapia.
- Terminaron Patinando por un sueño, y Gran Hermano. Puedo prender el tele y no llorar como una boluda, por esos discursos de mierda.
- Le doy bola al pie de la letra a lo que me pronostica el I Ching, mi nuevo oráculo. Es un poco confuso, pero más concreto que el tarot (qué tampoco abandoné, obvio)
- El yogurt Activia me regularizó el transito lento. Ahora me visto con colores pasteles.
- La pastillita que me recetó la endocrinóloga me normalizó la producción de hormonas. Ya sabemos lo que le hacen estas señoritas a las mujeres.
- Ando con el abanico de mi abuela en la cartera. Me sigo cagando de calor, pero por lo menos me hecho un poquito de viento en la cara.
- Me sale el solitario spider de cuatro palos. Con tesón me estoy superando día a día

martes, 4 de diciembre de 2007

¿Vale la pena, esta pena?


¿Qué le está pasando a la gente con el amor? Últimamente existen muchas parejas que se están separando. Me pregunto, ¿Es tan fácil dejar de querer al amor de nuestras vidas? ¿Por qué se abandona tan rápidamente, ante el menor inconveniente, lo que uno más ama?
Digo yo, ¿el verdadero amor no es para los valientes, para los que no piensan en las conveniencias ni a los inconvenientes?
Entonces, ¿es amor verdadero?
Y si no lo es, ¿Por qué entonces, uno sufre tanto cuando se separa?
Porque parece que se perdiera el alma, la esencia, la razón de ser, el lugar en el mundo, cuando uno se separa.
Será cierto nomás que la institución matrimonial esta sufriendo una de las peores crisis. Porque aunque uno no este atado a alguien por una libretita, a cierta edad y después de varios años, si vivís en pareja es como estar casado.
A mi no vengan con ese asunto de que “somos novios” Si uno decide mudarse al mismo hábitat de su bien amado es porque está convencido de que es su media naranja y quiere pasar el resto de su vida con él.
Porque, vamos no mientan, uno no se aguanta los olores, los berrinches, los amigotes, las manías y las obsesiones de alguien a quien tiene pensado abandonar a la primera de cambio. Uno no se pelea con alguien, hasta el cansancio, solo para ver si compramos el lavarropas o el aire acondicionado, entre los dos, ahorrando con sangre, sudor y lágrimas las pocas monedas que quedan del sueldo, si tiene pensado alzar sus petates y largarse a lo de su madre, a la primera discusión porque le pusiste mucha cebolla a la comida y a él le dio gases.
Vamos caramba, si uno hace todo el circo de alquilar un camión de mudanza, pintar juntos la casa y decorarla, comprar sábanas y ollas nuevas, hacer fiesta de inauguración, gastando un dineral para que los amigos vengan a emborracharse y vomitar las paredes que uno acaba de pintar, porque quiere compartir esa alegría con la gente que quiere. Si uno hace todo esto, no tiene pensado abandonar el barco en medio de la tormenta. Uno tiene que agarrar el timón, clavar el ancla, alzar las velas y pilotear la nave hasta que el cielo se despeje y podamos charlar tranquilos sobre lo que está desatando esta tormenta de reproches, celos y egoísmos que hacen temblar nuestro hogar dulce hogar.
Pero no, la mayoría de la gente que conozco leva anclas y se raja a lo de su madre, porque “Si él se va, yo no me puedo quedar en el departamento porque me hace mal. Además es él quien decidió separarse, yo no quería” ...Pero se lo dijiste… “Como se lo voy a decir. Si se lo tengo que decir no vale la pena”. ¡No por dios, con esa actitud no llegamos a ningún lado!.
Después de toda esta cantinela llega la depresión post separación.
Es un proceso largo, muy largo, una vez escuche que el duelo que hay que hacer es proporcional a la mitad de los años de relación, es decir si estuviste en pareja 6 años, tenés 3 de duelo. ¡Una vida! Encima una ya está mayor, y el reloj biológico hace “tic tac” y te aturde. Y te mirás al espejo y ves lo que te está haciendo la ley de la gravedad, se te está cayendo el traste, las tetas y los parpados. Peor, menos ganas te dan de salir en busca de otro capitán que quiera pilotear este barco con vos. Quién te va a dar bola, ojerosa, fláccida, mañosa y resentida con todo el género masculino. Y entonces que hace una… se tira a los chocolates, como si en la caja vacía estuviera la solución a tus problemas.
No chicas, se los digo por experiencia propia (de donde se creen que saqué semejante traste) en la caja de chocolates no hay ninguna receta mágica.
Encima una es re masoquista. Entonces se tira en la cama, apaga la luz, prendé el equipo de música, pone canciones de desamor, de engañados, de viudos, y la remata escuchando hasta el cansancio la canción de ambos, y llora, llora que te llora. Se arrastra por las paredes, llorando, llenándolas de moco, desparramadas por la alfombra porque de tanto llorar no tenemos fuerzas ni para caminar.
Después requisa la casa para encontrar algún objeto o prenda del ser amado. Si lo encuentra, lo toma como objeto de transición (así lo definiría mi vieja, que es psicóloga) y duerme, caga, se baña, y se emborracha abrazada al trocito que nos quedó de nuestro amado. Lo único tangible que ese desalmado nos dejó. Pero si no lo encuentra, se aferra a notitas que dejó indicando lo que hacía falta en la heladera o cualquier cosa que se le parezca y que alguna vez haya pasado por sus manos.
No contentas con esto, una va a la perfumería y compra el perfume que usaba el abandonador para rociarlo por la almohada, porque ya no sabemos que hacer para contrarrestar las noches de insomnio provocadas por su ausencia. Nos abrazamos a la almohada con su olor y fantaseamos con que él está durmiendo a nuestro lado, y así logramos dormir algunas horas.
Una pretende convencer a todo el mundo que se va a morir de pena, y como le da miedo quedarse sola, comienza a ver sombras en la casa. Tiene a todos culo al norte. Padres, hermanos y amigos están pendientes de si una solloza por la noche, porque es el signo vital que indica que aún estamos en el mundo de los vivos. Nos obligan a comer, y se enojan si nos agarran ataques de angustia oral y desvalijamos la heladera por la noche. Nos obligan a ir a trabajar, pero nuestro jefe nos manda de vuelta a casa porque no damos pie con bola. Nos retan si lloramos, pero nos dicen que la única forma de superar todo esto es llorando. En fin, nadie sabe que mierda hacer con la depresión que nos lleva en andas
Pero todo lo bueno se acaba un día y ahí saltamos a la segunda etapa, la de la negación. Queremos convencernos de que él ya va a volver, que estaba confundido, engualichado o encajetado con alguna loca, que seguro los amigos le llenaron la cabeza, porque él nos ama, lo que pasa es que no se da cuenta. Entonces cuando alguien nos pregunta por nuestro amado, una contesta muy suelta de cuerpo: “Estamos atravesando una crisis, así que nos tomamos un tiempo para pensar” Tiempo que ya lleva meses y él está aprovechando para pensar en la cama de quién va a dormir el próximo fin de semana o en que tugurio va a despilfarrar sus escasas monedas. Pero está etapa no se extiende demasiado, porque siempre aparece algún pesimista que te hace ver que él no está en crisis y que no se está replanteando un carajo.
Así que ahí es cuando una salta derechito a la siguiente etapa. La bronca. Una comienza a odiarlo por todo. Era malo, nos psicopateaba, no nos tenía en cuenta, no nos dejaba crecer. Era poco inteligente, inútil, inmaduro, cruel y traidor. Era la peor lacra de este mundo. “No entiendo como fue que me enamore de él. ¿Me podés decir que le vi?” Es la frase que sintetiza esta etapa, que tampoco dura mucho, porque de noche, cuando una se queda sola con su corazoncito destrozado sabe muy bien porque se enamoró de él. Y llora, llora mucho siempre.
Entonces aparece algún amigo que se da cuenta y empieza a decirte que fue lo que le viste. No lo hace para regodearse de nuestro dolor, sino porque sabe que esta es solo una etapa más que una tiene que atravesar en el proceso de la separación. Lo único que hace es ayudarnos a superar el mal trago y prepararnos para pasar al siguiente estadío.
Igual como una está bastante desequilibrada, porque con él, entre otras cosas, se nos fue también el eje, empezamos a hacernos las superadas. Nos compramos corpiños push up, remeras escotadas, medias reductoras (de esas que te levantan el culo y te aplastan la panza), y salimos de caza. El primer poste de luz que nos mira se convierte en ese clavo que saca el otro clavo. (La Vicky dice que para sacar un clavo se necesita un tornillo y no otro clavo. Demás está decir que coincido con ella). Organizamos festejos, redecoramos la casa, compramos sábanas nuevas, nos pintamos, y nos teñimos el pelo, porque indio que se pinta quiere guerra. Y así andamos por la vida. Refregándole en la cara lo felices que somos sin él, lo bien que nos hizo la separación, lo madura, lo esplendida que estamos solas. Porque una es una mujer independiente y liberada, conciente de sus carencias y dispuesta a solucionarlas.
Ja! Cuanta falsedad puede caber en una persona desengañada y resentida. En realidad lo único que queremos es que él se arrepienta y vuelva cuál perrito faldero arrepentido, con la cola entre las patas a implorarnos que le demos una segunda oportunidad. Y una ya tiene pensado hacerse rogar un tiempo, hacerlo sufrir un poco y después volver, siempre bajo nuestras condiciones. Pero el señor no se da por aludido, y el muy descarado se alegra que ya hayamos superado la depresión. Y en el mejor de los casos nos propone una tierna amistad, y en el peor de ellos se postula como nuevo amante. Y una no quiere ni una cosa ni la otra…
Así llegamos a la última etapa, la tan ansiada resignación. Ahora si que una no sabe que fue lo que la enamoró de él. El tipo se vuelve humano, ya no lo extrañamos, ya no lo comparamos, no lo buscamos en otro, no ideamos estrategias para que vuelva, no nos interesa vengarnos porque simplemente no nos importa ni su bienestar ni su malestar. Ya no recordamos esos detalles que tanto nos torturaban, cuando en la radio suena esa canción ni siquiera le prestamos atención, cuando alguien nos lo recuerda nos reímos avergonzadas de lo patética que éramos durante la etapa post separación. Y como broche final, una empieza a fijarse en tipos que no tienen nada que ver con nuestra antigua media naranja.
Y es ahí, amigas, cuando ya realizamos el duelo, enterramos el muerto y estamos listas para la nueva etapa que sigue. Volver a enamorarse, a creer, a admirar, a recobrar la alegría y los sueños.
Porque a pesar de tanto sufrimiento, siempre chicas y no se olviden nunca de esto, vale la pena, el esfuerzo y la lucha, amar.


Dedicado especialmente a la Flaca y la Gaby

viernes, 30 de noviembre de 2007

Sana competencia


Como muchos de ustedes ya saben, trabajo como editora de una revista, entre mis tareas está producir las notas que se publicarán, por lo tanto mi trabajo, principalmente, consiste en conseguir y mantener contactos. Hace unos días estaba revisando una vieja agenda, buscando el número de una compañera de la facultad, que trabaja para un personaje que queríamos entrevistar. Revolviendo la agenda encontré varias anotaciones de fechas claves sobre momentos sublimes vividos con un novio que tenía hace más de 7 años. Lo primero que pensé es: “¡La mierda, que vieja que estoy!” Y continué con un pensamiento mucho más profundo y sentido aún: “¡Qué pelotuda!”
El asunto es que esas anotaciones me remontaron a esa ingrata y psicópata época de mi vida.
Hoy que han pasado varios años, coincido con aquellos que piensan que el mejor amor es el no correspondido. Porque nos deja un recuerdo más intenso sobre nuestros sentimientos. Ese que provoca tanta desolación y desengaño que hace que salgamos fortalecidos, porque solo cuando uno toca fondo puede recién tomar impulso para salir a la superficie.
Pero aunque fue una de las peores etapas de mi vida, no recuerdo una depresión más divertida y disparatada que la que viví en esos años.
Estaba mal, muy mal. Absolutamente desequilibrada...
Él era menor que yo, nos pusimos de novios porque él sentía una rara admiración hacía mi. Él (equivocadamente) me imaginaba madura y experimentada, y sentía un gran orgullo cuando nos paseábamos de la mano por la vida, cual los amantes de Verona. Yo siempre fui cabeza dura, pero jamás una negadora. Así que era conciente que lo que él sentía por mí, no era amor, y que cuando empezará a conocerme iba a comenzar a desilusionarse. Entonces me encapriché con que tenía que aprovechar los primeros momentos de romance, para lograr que se enamorara de mí. Como ya se habrán dado cuenta, yo estaba hasta las tuercas y deliraba con eso de que el amor llegaría con el tiempo. El asunto es que jamás paso o mejor dicho, jamás vino.
Como último recurso pensé que tenía que hacerlo sentir inferior a mi, para conservar la admiración y para que sintiera que nunca iba a tener una novia mejor que yo.
Pero no conseguí el efecto deseado, sino que él comenzó a tenerme miedo.
Como será que estaba de loca, que no tengo un recuerdo claro de lo desmanes que cometía en esa época.
Recuerdo los escándalos que le armaba en cualquier lado, los 35 llamados diarios para que me diera parte de lo que estaba haciendo cuando no estaba conmigo, el permiso vedado para que se juntara con sus amigos y las investigaciones que realizaba para descubrir si me engañaba.
Lo psicopatié tanto que terminó compartiendo “nuestro amor” con otra señorita. O sea, la pareja era de 3.
Como en esos años me había convertido en discípula del investigador Gagget, terminé descubriendo el triangulo amoroso.
Ni se imaginan la pelotera que se armó. Cuando él se entero que yo había descubierto su treta, se andaba escondiendo en los pisos de los vehículos de sus amigos, por miedo a que le pegué.
Fue un papelón el fin de ese noviazgo.
Pero lo peor estaba por venir…
Nunca fui muy tajante en mis decisiones, y luego de unos meses de llorar día y noche, decidí que tenía que reconquistarlo. Así que me convertí en el ser más cándido y comprensivo que podría habitar la faz de la tierra. Les digo que me dio resultado, pero como el cambio no era genuino, me duro un par de semanas, la exótica sicopatología que sufría empezó a aflorar por los poros de mi piel. Lo que más me desequilibraba era que él seguía con las dos, con una impunidad desvergonzada que me ponía los pelos de punta.
Pero como yo experimentaba ese amor empecinado, no lo iba a largar.
Sin embargo mi objetivo había cambiado. Ya no esperaba que él se enamore de mí, sino que lo único que deseaba era arrebatárselo a la ordinaria socia que tenía en esta empresa, que era pendeja pero no boluda. Además era una contrincante con agallas y me daba batalla la muy turra.
Hoy que lo pienso a la distancia, reconozco que el verdadero traidor era él. La señorita no me debía fidelidad ni me había dado su palabra jurándome respeto. Era él el que me estaba cagando. ¿Porque será que todos los seres humanos nos la agarramos con el “otro” y no con quién realmente nos está engañando?
La batalla fue durísima, nos provocábamos todo el tiempo. Había insultos desagradables, gestos grotescos, risas irónicas, amenazas en el baño de la casa de una amiga mía. Cada una tenía su barra brava, integrada por las amistades propias y los secuaces de “nuestro novio”, que tomaban partido de una manera más que escandalosa, y aprovechándose de la situación se ofrecían “gentilmente” para hacernos el favor de oficiar de amantes para darle celos a él y que se decidiera por alguna de las dos…Ambas utilizamos esta estrategia sin ninguna suerte.
El novio de América había pasado a un segundo plano y lo único que nos importaba era ver cuál de nosotras se quedaba con el trofeo, que en este caso era un lindo muchachito con blondos rizos, piel dorada y sonrisa ingenua (Era lindo el guacho!).
Estoy segura que él disfrutaba con la situación, y de paso cañazo…¡Nos engañaba con otras!…
Pero así y todo, era divertido. Me pasé dos años larguisímos entre risas y llantos diseñando tácticas de guerra. Era casi tan buen estratega como Napoleón o por lo menos eso creía yo.
No obstante, nada es para siempre, y mi divertida depresión fue mutando hacía un aburrimiento atroz. Él no se decidía y se me habían agotado las ideas. Ya no sentía la adrenalina del peligro latente y la “sana competencia” que existía con mi socia. Y como soldado que huye, sirve para otra batalla, me declaré desertora y le espeté en la cara: “Me harté, te lo regalo con moño y todo. ¡Yo no lo quiero más!” A lo cual mi enemiga, muy suelta de cuerpo respondió: “¡Yo tampoco sabes!”.
Así que el rubio quedó, lisa y llanamente, de la noche a la mañana, abandonado a su suerte y buscando nuevas socias para su empresa.
A ella no la vi nunca más.
A él con el correr de los años me lo crucé una noche en un bolichongo de mala muerte, donde lo primero que me dijo fue: “¡Qué loca que estabas!” Ante lo cual lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza, reír a carcajadas y pedir perdón. No di explicaciones porque ya me había olvidado del asunto y no sabía que decir. Nos pusimos al tanto del giro que habían dado nuestras vidas y nos despedimos para siempre. Hoy vive en el sur y esta casado. Y yo…soy editora de una revista y tengo un blog donde escribo huevadas…
¿Qué habrá sido de la vida de la Dana? Les confieso que a ella la recuerdo con más nostalgia que a él.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La culpa la tienen los padres (en este caso, sobre todo, mi madre)

Se dirimen muchas teorías en mi círculo íntimo acerca del desencadenante de mi desequilibrada personalidad.
Son teorías bastantes disparatadas, pero sin ninguna duda, las de mi vieja son las que se llevan el premio mayor.
Primero que nada quiero aclarar que mi señora madre es psicóloga, lo cuál agrava sobre manera las teorías que ha desarrollado para explicar que no es la crianza que ella y mi padre me han dado, lo que ha desencadeno que me convierta en este extraño moustrito que soy. Según ella, todas las peleas que se han desatado en mi “hogar dulce hogar” (las cuales no se han privado de ataques de nervios, tirada de la valija de mi viejo por la ventana de la pieza a la calle, hasta amenazas de homicidio agravado por el vínculo) no han sido lo suficientemente traumáticas como para dejar secuelas en mi psiquis.
Si no que es algo mucho más sobrenatural y metafísico, y que por supuesto, no es culpa de ella. Igual a mi me importa un carajo todas las horas que invierte en el desarrollo de sus teorías y los fundamentos que las sostienen y cuando se desata la “tole tole” le digo a los gritos que “¡Toda la culpa es de los padres, así que asumí tu responsabilidad en todo esto y no te quejes!”
La primera de sus teorías, y la que solo ha generado nada más que risas (Aunque juro que ella no lo dice en broma) es que el astigmatismo me está dejando ciega de un ojo porque hay algo que no quiero ver. Entonces, inevitablemente soy una ciega negadora, tesis que explica muchos de mis comportamientos obstinados y obsesivos. Como no poder dormirme sin fumarme un pucho, sostener noviazgos inconvenientes, etc, etc.
La otra es que si mi señor padre le hubiera hecho caso cuando lo mandó a anotarme al Registro Civil bajo el nombre de Matilde, mi vida sería distinta (Por suerte mi viejo cuando levanta el culo del frente de la caja boba y delega el manejo del control remoto, se ilumina y no comete los disparates que le manda a hacer mi señora madre). Ella sostiene que todas las Lauras que conoce son bastante inestables, ciclotímicas e indecisas. Es como una especie de karma que sufren todas las mujeres bautizadas bajo este nombre. Las que tienen la suerte de llamarse Matilde tienen una templanza que las caracteriza sobre manera y que las envuelve en un halo de coherencia y certeza. Ósea si yo me llamara Matilde seguro que no abandonaría a la mitad las cosas que comienzo, habría terminado la bendita tesis de Comunicación, no me darían ganas de ir al baño cuando estoy secando los platos, etc, etc.
La tercera es que soy la hija del medio, malcriada por mi abuela, lo cual hace que llame constantemente la atención de todos los que me rodean. Esta teoría sirve para explicar el porqué de mis caprichos o mi extremo egocentrismo. Me parece que es la que más fundamento psicológico tiene.
Después viene una seguidilla de cosas más disparatadas aún, que me grita en la cara cada vez que nos peleamos.
Dice que de tanto plancharme el pelo se me han ido achicharrando las ideas. O que soy inmadura porque me pase la mitad de mi vida durmiendo (soy de buen dormir, mínimo 8 horas para estar decentemente despierta) o que perdí los mejores años de mi vida adorando el equipo de música.
La verdad es que a mí me dan mucha gracia y más de una vez me hago la exótica a propósito, para seguir fomentando las fantasías que mi vieja se hace conmigo, es que es muy gracioso verla refunfuñar intentado encontrar una explicación coherente y convincente para mis acciones.
Eso sí, siempre se le llenan los ojos de juguetitos cuando dice orgullosa: “La Laura es la más parecida a mí”. Yo no se, entonces, porque me hace renegar tanto con eso de que en vez de ir al oculista, tengo que ir a un psicólogo urgente para que me trate del astigmatismo o de que me tendría que haber llamado Matilde para ser una chica perseverante y centrada, y con el título de Licenciada en Comunicación colgado en la pared del living.
Y, como me gustan mucho los dichos populares, pienso cerrar este relato con una solo frase: “Lo que se hereda, no se hurta”

viernes, 23 de noviembre de 2007

¡Mi amor ya llegué!

Es una frase tan común cuando una está en pareja…
El asunto es cuando él aparece con las valijas, dispuesto a quedarse a vivir con una, mujer independiente, soltera, sin hijos, ni nada que la ate a nada más que la vida misma.
Pero él te cae de sopetón y te dice con una sonrisa de oreja a oreja: “Ya está, la dejé. Ahora si. Me quedo a vivir con vos”
Chanchan chanchan chanchan (musiquita de terror, onda psicosis).
Ósea traduzco. Una era la amante, la otra, el señor tiene (o tenía) una señora esposa, y resulta que ahora se separó para venirse a vivir con una.
Pero…¡Porqué carajo no nos consultó!.
Es verdad, más de una se pondría feliz porque el hombre que ama se decide finalmente por ella. Esto sucede la mayoría de los casos, pero no es eso lo que está en tela de juicio, sino el asunto de tomar semejante decisión sin consultar con una.
Es lo mismo que tomar la decisión de casarse. A ver, a ver… cuando uno decide casarse, generalmente es una decisión que lleva años de reflexión, de sumo convencimiento de que uno quiere pasarse el resto de la vida con alguien, y principalmente se toma de a dos. Nadie puede casarse solo, es así de simple
Y estos señores, ellos solitos, deciden que se van a venir a vivir a nuestro minúsculo departamentito, invadiéndonos con los regalos del día del padre que le han hecho con fideos sus pequeños retoños, trastocándonos nuestros horarios y hábitos, regalándonos una suegra de la noche a la mañana. Sin preguntarle a una si quería eso o prefería una caja de “garotos”
Pasamos de ser una mujer independiente, que arreglaba sus tiempos a su gusto y piaccere, sin tener que rendir cuentas ni cumplir con obligaciones sociales, disfrutando el día a día, y con toda la libertad de mandarlo a freír buñuelos cuando se hartara o apareciera algo mejor.
Y de repente nos convertimos en amas de casa. Tenemos que lavarles y plancharles la ropa, tenerles la comida lista a horario, una que se arreglaba con una tacita de café con criollos o un yogurcito, lavar el culo de niños ajenos, hacerles hacer la tarea, llevarlos a la plaza, el cine, el teatro, cocinar lemon pie y selva negra para la suegra, dar cuenta de porque llegamos tarde, porque nos demoramos en la casa de una amiga, atendiendo a los borrachos de sus amigotes, bancándonos las mujeres de estos señores, que no hacen más que compararte con la “ex”, que era tan buena, lo quería tanto y se bancó tantas trastadas de él, como para que este desalmado se encajete con cualquiera (qué venís siendo vos) y la largue.
¡Un horror!
¡Cómo no nos consulta!
Según mi señora madre (que para los que no saben es psicóloga) estas relaciones no duran mucho, porque una cosa es estar con alguien cada tanto, sabiendo que la pareja no se puede concretar, que hay que ocultarse, que no hay que dar explicaciones. Y otra muy distinta es decidirse a vivir ese amor, como socialmente debe ser. Se acostumbran a estar juntos para disfrutar, para divertirse, de manera clandestina. Pero al verse a diario y relegar la vida que cada uno tenía, viene el “tole tole”.
La adrenalina del encuentro furtivo desaparece, la rutina se lleva toda la mística que existía y que servía para sostener una relación de estas características. E inevitablemente viene el desastre.
Y él no hace más que echarte en cara que perdió a sus hijos, que se peleó con su mamita y sus amigos. Qué la gente habla mal de él. Que no le cocinás, lavás, planchás, cosés, ni le hinchás las pelotas como “ella”. Y una, lo acuso de invadirla, de no consultarle: “jodéte por boludo, yo nunca te pedí que vengas, te hubieras separado y nos hubiéramos puesto de novios, vos quisiste venir hijo de una gran p…” Y ya no hay vuelta atrás.
Y como una sabe como lo ha conocido, y sabe cuales son las excusas que le ponía a su “ex” señora esposa (que dicho sea de paso, está en su mejor momento desde que se sacó de encima a semejante clavo), se desquicia pensando que él seguro que está cuerneándonos con otra, que seguro estará planeando dejarnos, una que ha perdido la libertad y la independencia, que se ha encariñado con los retoños y que ha llegado a una extraña pero tranquila guerra fría con la suegra que hace amena la convivencia en las fiestas familiares, que se ha hecho compinche de las arpías de las mujeres de los amigos a base de enterarse algunos deslices amorosos de estas “respetables” señoras.
Y ahora que, por fin, una se acomodó a la nueva vida que le regaló su amado. Este hijo de una gran perra, se arrepintió. Nooo, si una estaba choochaa cuando te cayó con las valijas sin avisarte, ni consultarte. Como si una la hubiera estado esperando con los brazos abiertos. Una que andaba con un tipo casado, porque le huía al compromiso, sintiéndose libre.
Pero como una ya está hecha una piltrafa humana, le queden pocos caminos: O consultá algún oráculo (qué hoy en día son las también llamadas pitonisas que te tiran el tarot) para que nos profeticen que será de nuestro futuro y de paso cañazo, te de alguna pócima que te garantice el amor del turro en cuestión.
O si no te buscás una psicóloga que les haga terapia de pareja, si es que el condenado no es reticente a este tipo de tratamientos, porque siempre tenés al que te dice: “Pero mira si voy a ventilar los trapitos sucios con un desconocido, como si supiera más que yo. Andá sola a hacer terapia de pareja, yo no la necesita”. ¡Cuanta necedad!
O si no te armás de valor y lo mandás de vuelta con su ex señora esposa, si es que lo quiere de vuelta (cosa que no creo porque la mina está hecha una pinturita sin el quetejedi) o que sea lo que dios quiera con él, porque vos no querés nada, ni de él ni con él.
Así es amiga, una vive un sufrimiento eterno. Contigo y sin ti. ¿De quién será la culpa, nuestra, de él o del cosmos? Cuando tenga la respuesta se las paso chicas, por lo pronto a no desesperarse, que no hay mal que por bien no venga…

lunes, 19 de noviembre de 2007

Dime con quién andas y te diré cuán guacha eres


Qué ejemplar raro que somos las mujeres…Esto que digo no es nada nuevo. Nadie ignora que somos unas insatisfechas, ciclotímicas y demás adjetivos calificativos que denotan que una es como la “gata flora”.
Yo me reconozco como una jodida con todas las letras. Tengo la capacidad de sacar a cualquiera (sobretodo a mis parejas) de sus cabales.
Pero mis amigas tampoco se salvan.
Entre uno de mis tantos pruritos, todas conocen a la perfección que perderán mi amistad si las llegó a enganchar con alguno de mis ex, ni hablar si las cazo con el novio de turno.
Otelo un poroto al lado mío…
Bajo amenaza de muerte están mis amigas.
Con mis ex no puedo usar esta técnica, porque no hemos terminado con una sana relación, por decirlo de alguna manera, para no ahondar en detalles escabrosos y bochornosos que no vienen al caso y que por decoro no mencionaré.
Sin embargo, es necesario recordarles que no soy celosa, sino más bien egoísta. Hay ciertas cosas que no me gusta compartir. Hay algunos secretillos que prefiero guardar. Además ¿Con quién voy a reírme de los defectos de mis antiguos amores, si mis amigas se los agencian? Una necesita cuerearlos y echarles la culpa de lo que pasó, dejó de pasar o nunca pasó, y quién mejor que las compinches para prestar la oreja y afilar la lengua en estas ocasiones.
Así que no acepto, de ninguna manera y bajo ningún concepto, que una amiga mía se enganche con uno de mis ex.
Pero como ya les confesé que soy bastante jodida, debo admitir que yo he perpetrado este delito que no perdonaré jamás.
Mi primer novio se lo birlé a mi mejor amiga.
Se que no hay justificativo para semejante atrocidad, pero juro ante la Biblia, el Corán, la Torá, y todas las sagradas escrituras que existan, que no fue a propósito.
El asunto fue, más o menos, así. Resulta que mi amiga conoció al muchacho en cuestión en una fiesta, bailaron toda la noche y hasta se besaron. En esa época, hace 15 años, no existían los celulares y como no todos tenían teléfono fijo, el susodicho le dio su número, a lo que ella prometió llamarlo al día siguiente.
Éramos unas nenas, y ella se moría de vergüenza y como yo siempre fui muy cara dura y solidaria, me ofrecí a llamarlo en su nombre.
Al comienzo, le pasaba sus mensajes, le hablaba de lo maravillosa que era mi amiga y él me insistía que quería volver a verla o aunque sea, escuchar su voz. A lo cuál la tonta se negaba, por pura vanidad y no ya por vergüenza.
Los primeros 2 meses transcurrieron así, pero luego el niño empezó a llamarme cuando ella no estaba, acción que yo imitaba. Se que no tengo justificación, porque debí haberlo frenado. Pero en esa época era casi tan ingenua como ahora, y creí que estaba naciendo una tierna amistad.
Hasta que comenzó a llamarme 2 veces al día y solo hablábamos de las ganas que tenía de conocerme. Y ahí me avivé, pero ya me había enganchado en el jueguito. Siempre me costó salir airosa de situaciones semejantes.
Por esos años, mi madre me compraba toneladas de libritos de Corín Tellado, los cuáles me devoraba y ante esta situación, me sentía como la heroína de una de esas patéticas e inverosímiles “novelitas”, así que esta clandestina historia de amor platónico me hacía vibrar más que Andrea Del Boca y Grecia Colmenares. No podía decirle que no me llame más, ni mucho menos confesarle la traición a mi amiga.
Y como tanto va el cántaro a la fuente que se termina por romper, la muchachita que suscribe, se decidió a concretar este “amor”.
Siempre fui muy concreta y práctica, que tanto “gre gre” para decir Gregorio!. Accedí a juntarme con él un viernes a las 5 de la tarde en la Plaza más cercana a mi hogar materno. No ahondaré en detalles, porque ya saben como termina la historia…
En mi defensa solo aduciré que en esos años no sabía exactamente el significado de la amistad, leía muchos Corín Tellado y mi amiga se hacía rogar mucho.
Obviamente que luego de 3 meses de noviazgo clandestino, nuestro “amor” fue descubierto, y estalló una guerra civil entre el grupo de amigos.
Yo alegué que estaba enamorada y que no quería lastimarla.
La barra de amigos se dividió entre los soñadores que creían en el amor y entre los leales que apostaban a la amistad. Los primeros se pusieron de mi lado. Los segundos se fueron al bando contrario. Embanderada bajo el lema del amor que profetizaban Andrea y Grecia, me defendí con uñas y dientes, juré y perjuré que era el amor de mi vida y pedí clemencia.
No me dieron bola. Mi mejor amiga me propinó insultos intraducibles y me retiró el saludo hasta el día de la fecha.
Imagínense que con este panorama, no podía confesar que cuando cumplimos 6 meses de noviazgo, me había dado cuenta que lo único que sentía por mi primer amor, era solo la tierna amistad del comienzo. Y él se sentía tan culpable que, aunque sintiera lo mismo que yo, no podía dejarme. Me había peleado con la mitad de mis amigos por el y en una ocasión hasta tuvo que intervenir la policía y el juzgado de menores, por daños perpetrados contra la propiedad. Así que seguimos 2 meses más. Hasta que un día lo planté en la plaza y cuando él me llamó para saber que me había pasado me hice negar, a lo que mi primer amor, no volvió a llamarme nunca más.
Y así, sin más para contar, sufrí mi primer desengaño amoroso.
Supongo que será por esto que jamás perdonaré a mis amigas que se entonguen con mis ex, porque nunca me lo pude perdonar.
¡Qué complicada que es la mente femenina! Sabemos que las amigas son las únicas que pueden consolarnos y contenernos cuando un amor se acaba, pero si nos encontramos ante una situación similar a esta, no perdonamos la traición y la debilidad y somos capaces de hacer correr sangre para limpiar nuestro honor.
Que honor ni la mar en coche, mera vanidad y competencia amigas mías, solo eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Estoy atravesando una tremenda crisis

A saber:

- Me conmueven los discursos de los participantes de bailando, cantando y patinando por un sueño.
- Me conmueven los capitulos finales de Casi Angeles.
- Me parece sexi Osvaldo Laport.
- Me gustan las canciones de Miranda!
- Me aburren Petinatto, Pergolini y Dolina.
- El mate me da acidez.
- El chocolate me da alergia.
- El queso me parece soso.
- Silvio Rodriguez me parece deprimente.
- Me parece muy graciosa la publicidad de Kadicard.
- Pienso que la liberación femenina pasa por la adquisición de electrodomesticos.
- Hace meses que no descongelo la heladera, ni lustro los muebles, ni limpio los vidrios.
- Sigo sin entender la publicidad del fernet 1882.
- Estoy convencida que Gran Hermano esconde una verdad metafísica, antropológica y sociológica fundamental para entender el funcionamiento de la sociedad.

jueves, 8 de noviembre de 2007

¿Con qué vara se mide la belleza?


Todos los domingos voy a la casa de mi vieja a “tomar la teta”. El último domingo que estuve por allí, me dedique a leer una revista del corazón de la monarquía europea y las estrellas de Hollywood, que mi madre celosamente atesora. Porque aunque mi vieja se haga la culta, y no se dedique a chusmear la vida de Wanda Nara, Cinthia Fernández o Mariana de Mello, se dedica a inmiscuirse en los sinsabores sentimentales de la gente con glamour, todo esto porque ella sostiene que la cigüeña se equivocó y la tendría que haber dejado en Buckingham y no en Villa Ascazubi.
El asunto es que la revista contaba que la Jolie y Brad Pitt estaban atravesando una crisis porque ella no se quería casar con él. Esta tragedia, más que hacerme reflexionar sobre la crisis que están atravesando los fundamentos de la institución matrimonial, derivó en una serie de reflexiones mucho más banales.
Primero: ¿Por qué las minas no se quieren comprometer con Brad? La Paltrow le colgó la galleta, la Aniston se casó con él pero no quiso darle descendencia y ahora la Jolie le dio hijos pero no se quiere casar.
Yo le firmaría cualquier cosa a este señor.
Segundo: ¿Tendrá algo que ver lo lindo qué es? Porque si lo miramos desde ese punto, quizás pueda comprender a esas damas.
Digo, a mí me daría pánico tener un marido así de lindo, primero porque los celos me volverían loca, lo tendría atado a la pata de la cama para que no asome la nariz a la calle, o me dedicaría a perseguirlo día y noche, perdiendo la dignidad, el trabajo y mis amistades. Y segundo porque no me bancaría que dedique más tiempo que yo a arreglarse. Más porque le doy poca bola al arreglo que por otra cosa. De pedo que, además de bañarme y depilarme, me peino, porque tengo una tremenda melena rizada, y me da pudor andar por la vida mutada en Leono de los Thondercats (no se hagan las jóvenes, que bien que lo conocen).
La Vale, que destila glamour, se dedica largas horas a convencerme sobre la importancia del cuidado de mi belleza personal. El argumento más sólido que esgrime es que si una sale hecha una bruja a la calle, nos podemos cruzar a la vuelta de la esquina con el amor de nuestras vidas y lo perderemos sino estamos adecuadamente vestidas. Yo me defiendo diciéndole que si es el amor de mi vida, me va a querer aunque los colores de mis ropas no estén en composé, porque aunque a veces mi vestimenta no combine, siempre está limpita y sana. Pero ella argumenta que el señor puede ser el amor de mi vida, pero yo no ser el suyo, entonces es necesario conquistarlo y con esa traza lo más seguro es que el tipo se cruce la calle al verme. Y ahí la discusión da un giro interesante, le digo que yo ya he sufrido bastante como para ponerme a conquistar a un tipo que no me va a querer nunca, que para eso me dedico a otra cosa, que ya estoy mayorcita para perder el tiempo, entonces ella comienza con toda su filosofía sobre la importancia del amor, las ilusiones y la mar en coche. En fin, es una discusión de nunca acabar, que empieza con el asunto de que tengo que andar hecha una gatúbela las 24 horas del día y termina en que soy una desalmada que no cree en el amor.
La Noe, en cambio, que también es muy “top” a la hora de vestirse, es mucho más sutil. Se dedica a refregarme en la cara, lo arregladas que estaban las minas que me chorearon a mis novios, aunque yo era mucho más linda, más buena, más alegre y más inteligente que ellas. La muy turra me hace la psicológica. Termino absolutamente convencida que con un poquito de rimmel hubiera salvado mi noviazgo. Aunque nunca se lo reconozco, es la única estrategia válida para que me preocupe por mi traza. Y por un tiempo le doy bola al arreglo personal. Durante esta etapa (que no es muy larga porque me canso rápido de todo) me corto o me tiño el pelo, me compro ropa nueva, me pinto las uñas y adquiero zapatos muy incómodos pero con mucho estilo. Artículos que después me quedan y que inevitablemente termino vistiendo, porque es lo único que tengo para ponerme, pero ya no los luzco con la misma elegancia que cuando los compré.
Con toda esta perorata intenté explicarles porque no podría soportar a un metro sexual a mi lado. De pedo que me pongo crema en las piernas después de pasarme la depiladora, y me aliso el flequillo porque el rulo tupido en la frente me queda como el culo (también a mi sola se me ocurre cortarme flequillo con estos rulos, no se imaginan lo que parezco cuando hay humedad, no hay invisible que alcance).
Yo jamás podría asesorarlos en que es lo más conveniente que deben vestir para determinada ocasión (por ejemplo: no tengo idea que significa “elegante sport” ¿?), no me aguantaría que estén 3 horas en el baño parándose el jopo, que se acuesten a dormir con una mascarilla de baba de caracol (¡qué asco! Jamás me pondría en la cara ninguna secreción de ese bicho, ni de otro), que se decoloren los pelos y que se ocupen ¾ del placard con sus trajes, ordenados por color, textura y estación.
A mi me gusta el hombre natural, peludo, áspero. Me gustan más los tipos que se dedican a cultivar su intelecto, que a embellecer su exterior. Prefiero un señor con el que pueda charlar de algo interesante, a que tenga las manos suavecitas y las cejas depiladas.
Está bien, reconozco que tampoco me gusta el mugriento. Mi abuela sabiamente decía que la pobreza es de Dios, pero la mugre no.
Así que lo único que quiero es un muchacho limpito e interesante, nada más, no quiero lujos ni belleza. ¿Es mucho pedir? Yo creo no y que a medida que pasan los años más que conformarme con poco (como me dicen las malvadas de mis amigas), sé exactamente lo que quiero.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Más macho que un macho

En los últimos años la sociedad ha avanzado muchísimo, las personas parecen tener la mente más abierta a las cosas que no son “naturales”, parecen aceptar con total normalidad todos los cambios. Pero lo que más ha cambiado en los últimos años, es el lugar que la mujer ocupa en la sociedad actual. Hoy las mujeres desempeñamos el papel de “jefas” en nuestro trabajo, además de hacernos cargo de todos los quehaceres domésticos que tradicionalmente ejercemos, porque a pesar de que nosotras podamos realizar las tareas que antes estaban destinadas solo a los hombres, ellos aún no pueden hacerse cargo de las labores “exclusivamente” femeninas.
Todas las mujeres nos vanagloriamos de nuestro triunfo, lo defendemos con uñas y dientes, y algunas más maliciosas (entre las que me incluyo) criticamos a las compañeras que aún no han experimentado la vida que existe para nosotras fuera del lavarropas y las ollas, no desaprovechamos la oportunidad de incitarlas a delegar en su “maridito” las pequeñas delicias domésticas.
Pero aunque el feminismo esté tan de moda, aquí solo se trata de ser sinceras con nosotras mismas. Así que, queridas amigas, reconozcamos de una buena vez que somos más machitas que los hombres. Más de una vez me he sorprendido en una charla sobre varones con amigas y he escuchado frases como: “Es un divino, tan respetuoso y educado, me abre la puerta para que yo pase primero, me corre la silla, me lleva el paraguas cuando llueve, etc, etc.” Absolutamente todas podemos hacer estas cosas por nosotras mismas, y el hecho de que nuestro amado no lo haga no lo convierte en un patán, ni significa que no sea considerado ni respetuoso. Sin embargo nos encantan los hombres así. Quizás porque nos hacen sentir que les importamos, quizás porque nos sentimos protegidas.
En esta sociedad tan machista en la que vivimos, es condición fundamental de cualquier “buen hombre” brindarle seguridad a su bienamada, tanto hombres como mujeres proclamamos que el varón de la pareja es el que debe brindar la seguridad y la confianza necesarias para que la relación llegue a buen puerto. Porque las mujeres somos el sexo débil. Sin embargo es un secreto a voces que esto es una falacia total. Tanto “ellos” como “nosotras” sabemos que no somos más débiles, es más, en muchos casos somos más fuertes, esta comprobado científicamente que la mujer tiene más tolerancia al dolor físico que el hombre, por más que este esté atiborrado de músculos y una sea una gurrumina que cabe en la guantera de un fiat 600.
Sin embargo todos nos callamos, porque a todos nos conviene. Ellos no pueden perder ese tradicional lugar de poder (por más virtual que sea) que siempre han ocupado, y por lo tanto siguen haciendo todas esas pequeñeces que los hacen sentir que ellos mandan en la pareja. Y a nosotras... Ja! Nosotras si que la pasamos bomba, como podemos llorar sin ningún remordimiento por mostrar debilidad, usamos esas lagrimas para transformarnos en las victimas de todos nuestros desmanes. Total nosotras tenemos permitido llorar, en cambio ellos no. Y no son solamente ellos los que se prohíben la delicia de las lágrimas. Díganme si no existe algo más temible que un hombre, lleno de pelo en el pecho, con los tríceps inflados por la magia de las pesas, llorando sobre nuestro hombro cual magdalena, porque a la heroína de la película se le murió su cotorrita. Nos aterra la idea de que nuestro señor llore por todo, porque una cosa es que él sea sensible y otra cosa es que llore más que nosotras durante el último capitulo de la novela de las seis.
Así es, queridas mías, no nos gustan los llorones, los que ante el primer dolor de muelas lloran cual bebe en el periodo de la dentición. Queremos a alguien que nos abrace en las peores escenas de las películas de terror, no alguien que se tape los ojos hasta que nosotras les avisemos que ya paso la parte de la sangre.
Y no es que una quiera volver a la época de los trogloditas, cuando los hombres te llevaban de los pelos hasta la cama, pero hay algunas oportunidades en las que nos sentimos más cómodas en el papel de débiles. Total, nosotras y ellos siempre sabremos que somos más duras, que nosotras soportamos el dolor de un parto y aceptamos mejor las perdidas de cualquier índole: laboral o afectiva, porque hemos sido criadas en una sociedad en la que es privilegio solo de las mujeres el conectarse a fondo con los sentimientos, y sin ningún remordimiento ni vergüenza, expresarlos. En cambio los hombres no lloran, aunque tengan el corazón hecho añicos y los músculos paralizados por el miedo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Mis mujeres

Mis amigas son los seres más maravillosos que existen. Más porque aprendieron a aguantarme y a quererme que por otra cosa.
Podría pasarme días enteros describiéndolas, contándoles como es tener amigas como las mías. Pero solamente me entenderían si las conocieran.

La primera amiga que tuve fue la Vale. La Vale destila glamour por donde pasa. Es rubia, pero rubia natural. Tiene unos ojitos achinados, que casi desaparecen cuando se ríe. Se ríe mucho la Vale.
Es licenciada en administración de empresas, inteligente y trabajadora.
Por suerte casi no conoce lo que es sufrir por amor. Tiene un novio hecho a su medida. Reconozco que para mí, nadie es merecedor de mis niñas, pero Martín se acerca bastante a lo que sueño para ella.
A la Vale le gusta bailar, es salidora y divertida.
Pero por sobretodo es amiga mía desde los 4 años. Yo siempre le digo que ninguna de las dos va a encontrar un tipo que nos aguante más de lo que nos hemos aguantado nosotras. Primero fuimos vecinas, después hicimos todo el Colegio juntas y eso nos volvió inseparables.
Los mejores recuerdos que tengo de la infancia los corona la presencia de la Vale.
Hoy vive en Buenos Aires, se acaba de comprar un departamento en la Av. Libertador con Martín, con mucha suerte la veo una vez al mes. Pero cuando nos vemos nos divertimos siempre, nos ponemos al día, nos abrazamos y nos besamos tanto que nos alcanza para todo el mes que no estamos juntas.

La segunda que conocí es la Flaca. La Laurita fue compañera de la Vale y mía de la Escuela. Siempre fue todo un personaje. Dulce, muy dulce, pero muy divertida también. Todas mis chicas son divertidas.
Es profe de educación física, tiene un culo increíble, que le nace casi desde la nuca. Tiene un Pilates muy “top” en barrio Jardín.
Hace un mes que se mudo con Pablín, su novio. Es más chiquito que ella y para mí debe agradecer a Dios que la Flaca esté tan enamorada de él. Es buen pibe, pero no se si para la Flaca. La Lau es demasiado emprendedora y bastante ahorradora y su maridito es medio despilfarrador. Pero hace 6 años que la quiere. Yo ya no me la imagino sin Pablín. Aunque ella últimamente viene siendo asaltada por malos pensamientos y deseos reprimidos de ponerle los cuernos, cosa que a pesar de mis insistencias, nunca concreta.

En la tierna adolescencia la conocí a la Noe. Qué puedo decirles de la Petiza. Es una de las mejores mujeres que conocí en mi vida. Me entiende como nadie, le puedo decir la peor barbaridad y ella no se horroriza por nada ni me juzga jamás.
Parece una nena, le gusta la ropa con florcitas y los pantalones bordados. Es fanática de las cremas, se pone 5 clases distintas en el pelo.
Es tímida, demasiado para mi gusto y medio secota también, yo siempre le digo que es como una araña y que aunque sea mala, la quiero igual. Ella se defiende diciendo que no es mala, sino sincera, que dice lo que todos piensan y nadie se anima a decir.
Tiene un negocio de ropa, que atiende personalmente, todas sus clientas la quieren enganchar con sus hijos.
Estudió 3 años de psicología. Siempre tiene la palabra justa en el momento indicado. Le gusta la música vieja y no tiene suerte con los hombres, no por falta de candidatos, sino porque todos son más “dormidos” que ella. Así que imaginen cuanto le cuesta concretar. Yo creo que no existe el hombre que se merezca semejante mujer.

La Vicky es un caso perdido. Esta casi tan loca como yo. Tiene una hija que se llama Josefina que parece una muñeca, y el Jhony, su marido, es fanático perro de Instituto. El flaco le tiene un aguante digno de admiración. Siempre decíamos que si nos terminábamos quedando solteras, nos íbamos a ir a vivir en concubinato y que íbamos a ser una viejas verdes. Ahora me voy a tener que buscar un marido.
Todas mis anécdotas más disparatadas las viví con ella. Antes de casarse era mi compañera de aventuras.
Es fanática de Charly García, no le importa mucho su apariencia y cuando estaba soltera tenía un extraño look, mezcla de rolingo y hippie chic.
Inventábamos canciones, tomábamos sol desnudas en una casa abandonada de su familia y los sábados a la noche metíamos los pies en la fuente de la plaza de la Municipalidad.
Es creativa, medio vaga y está obsesionada con la tos de la Josefina.

Por último viene la Aly, mi hermanita la menor, tiene 2 años menos que yo. Esa si que es la peor de todas o la mejor, depende del cristal con que se la mire. Tiene un bebe, el Emiliano, que es el hombre de mi vida. Está casada con el Damián, que aunque es medio hosco y estructurado, es muy bueno y la quiere mucho. Son el agua y el aceite.
La Aly es muy muy muy simpática y divertida. Le gusta organizar festejos por cualquier cosa, es perseverante y tiene muchos amigos.
Es miedosa y vaga. De chica era muy mentirosa y le tenía miedo al sonido de la sirena de la ambulancia, con mi hermana mayor la asustábamos diciéndole que íbamos a llamar a Ecco sino hacía lo que le pedíamos.
Siempre fue mi compinche, mi cómplice. Y aunque ya es una señora casada, para mí sigue siendo la nena que jugaba conmigo a las barbis.

Se que muchos de ustedes deben tener amigas así, y temo no haberles hecho el honor que se merecen al describirlas, pero ellas son sostén, guía, incentivo y consuelo.
Son una parte mía. Y aunque es una cursilería lo que voy a decir que roza el lugar común, yo no sería quién soy si me faltara alguna de ellas.

domingo, 28 de octubre de 2007

Persevera y Triunfaras

Porque será que las personas nos tomamos tan en serio el dicho: “Persevera y Triunfaras”. Y lo más gracioso es que, generalmente, nos encachilamos con alguien que no tiene ganas de ser “perseverado” y por lo tanto perseguido, acosado, acechado, y todos los ado similares.
Hay casos en lo que este famoso dicho ha sido veraz, pero nos alcanzan los dedos de una mano para enumerarlos, y no es precisamente en ellos en los que me quiero detener. Si no en las oportunidades en que la perseverancia solo nos hace ganar una orden judicial de restricción y no el tan ansiado amor de nuestras vidas.
Todos los seres humanos estamos hambrientos de amor, pero existen algunos que tienen un serio trastorno alimenticio. Estos seres son de los que piensan que el fin justifica cualquier medio y entonces nos encontramos con personas que son capaces de las mayores atrocidades con tal de lograr que la persona amada este a su lado.
Conozco varios casos de este tipo y todos son perpetrados por mujeres, aunque eso no quiero decir que los hombres estén exentos de utilizar esta metodología de conquista.
El modus operandi que llevan a cabo estas personas casi se podría describir paso a paso: Primero comienzan averiguando gustos y preferencias de las presas, para convertirse en su alma gemela, si la presa ya esta comprometida deberán recurrir a intrigas de toda índole para desbaratar y sacar del juego al enemigo. Una vez que han logrado conquistar a su presa siguen siendo los seres más cándidos sobre la faz de la tierra hasta asegurarse bien del botín, mediante alianzas o en el peor de los casos hijos. Y luego comienzan a mostrar su verdadero yo, se vuelven celosos y posesivos a tal punto que el bien amado debe caminar por la vida cual caballo mirando solo al frente para no descubrir las amenazas que se encuentran alrededor de él, todo es motivo para una escena de celos al estilo telenovela venezolana, con gritos y llantos en el mismo pack y por el mismo precio, y siempre recurriendo a la lastima y la culpa, porque estas son las mejores aliadas de estos seres.
Pero como todo lo bueno dura poco. Un buen día, el bien amado se levanta y los mando al carajo sin ninguna culpa y sin un rastro de compasión. Entonces comienzan los reproches por el tiempo dedicado a su bienestar, por todas las infidelidades que nunca descubrieron y por las que seguramente tuvieron deseos de realizar pero no lo hicieron por miedo o por culpa, por todas las puteadas recibidas, cuando ellos, los pobrecitos, solo querían hacerlos felices, darles lo mejor, atenderlos, cuidarlos, mimarlos, y demás conjugaciones de verbos similares que solo pueden anidarse en un buen corazón como el de ellos. Aquí también recurren a las lágrimas, porque esta es la mejor arma y la más utilizada. A veces esta táctica da resultado y el bien amado perdona y aguanta. Pero la semilla ya esta sembrada, el relojito de la bomba ya esta activado y es solo cuestión de tiempo. Algunos duran más otros menos, pero a la larga siempre terminan explotando, y cuando eso pasa no hay quien se salve de la onda expansiva y no existen lagrimas que apaguen el fuego desatado, ni miedo, lastima o culpa que apacigüe los ímpetus destructivos y separatistas del bien amado. Existen casos extremos en donde en el afán de retener a su media naranja, las personas conciben hijos, y eso si que se transforma en el peor de los casos, porque son, precisamente, los niños los que más sufren en esta terrible coalición de potencias.
Yo personalmente creo que estas personas no es que no amen, sino que aman mal. Según ellos aman demasiado, pero para mi aman mal. Creen que el amor se puede forzar, que puede venir con el tiempo, que pueden mantener para toda la vida el personaje que crearon para enamorar al otro. Y tanto luchan por conseguir y mantener ese amor, que al final se quedan vacíos, porque seamos sinceros ¿Qué se les cruzara por la cabeza a estas personas que son capaces de quedarse toda su vida con alguien que ni siquiera los respeta? ¿Tan poco amor propio puede tener una persona?.
Lo más triste o quizás lo más paradójico, es que no aprenden de los errores y se pasan la vida tropezando con la misma piedra, fingiendo ser alguien que no son y dejando su vida de lado por vivir la del otro. Aferrados al “Persevera y triunfaras”. Y saltan de fracaso en fracaso, felizmente, sin sentir remordimiento. Pero para todos hay un final feliz o un dicho que los aliente a no perder las esperanzas: ”Nunca falta un roto para un descosido”, y siempre encuentran a su media naranja, esa que le gusta ser perseguida y asediada, porque así se siente importante y maravilloso, porque alimenta su egocentrismo con la falta de amor propio de su pareja.
Y después no me vengan a decir que la pareja ideal no existe!

jueves, 25 de octubre de 2007

Los reyes magos no existen

Existen muchas clases de amor. El fraternal, el pasional, el correspondido, el buen amor, el mal amor, el obsesivo, el posesivo y tantos otros más, que no se me vienen a la cabeza ahora.
Pero díganme si no hay nada más poético que el amor que nunca se concreta.
Lo que pasa es que uno idealiza al ser amado. Es como un Dios, porque uno se dedica a adorarlo, a idolatrarlo sin saber a ciencia cierta si existe o es una sucia jugada de nuestra psiquis.
Siempre es más inteligente, más lindo, más sensible.
Nunca nos lastima, nunca nos exige nada más que nuestra distante admiración.
Este ser es sencillamente maravilloso porque no tenemos que aguantar sus mañas, sus empecinamientos, sus susceptibilidades, sus rabietas y todas esas cosas que vuelven humano a cualquier hijo de vecino.
Yo me confieso como una gran amante de esta clase de amor.
Creo que es lo que más aproxima a lo que los poetas describen como el verdadero amor. ¿Como podemos amar sino admiramos? Y la admiración es la madre del amor platónico.
Digo, uno comienza admirando (el sentido del humor, la inteligencia, el culo, el auto o lo que sea) y termina convirtiéndose en el más fiel de los devotos de un simple ser humano que de divino tiene lo mismo que una de religiosa.
Pero a la vez reconozco que esta clase de amor, quizás, sea cobarde. Porque estoy convencida que el verdadero amor es para los valientes, para los que arriesgan, para los que luchan, para los que saben perder, para los que pueden salir fortalecidos de las situaciones dolorosas.
Mi amiga la rubia siempre dice que lo que no te mata, te hace más fuerte (Una filosofa la guacha).
Mi amiga la casada, sostiene que solo aquellos que pueden amar son capaces de las mayores destrezas artísticas (Esto se lo debe haber choreado a alguien).
Y la petiza argumenta que el amor es como la locura. No se vuelve loco el que quiere, sino el que puede. (¿Y para esto estuvo 3 años en la facultad de psicología?)
Pero dejémonos de los teoremas filosóficos de mis amigas acerca del amor y volvamos a lo que nos convoca: el amor platónico.
Confieso que he tenido varios y que lo he sido para algunos (Uno no elige de quién se enamora). Así que si sos una soñadora que anda en busca de un amor platónico me siento en condiciones de pasarte algunos tips:
Lo primero de todo es detectar a alguien que nos guste muchísimo. Porque aunque no coincido con eso de que el amor entra por los ojos, confesemos que no vamos a idealizar a alguien que no nos atrae ni una pizca. No es necesario que el pibe sea un Adonis, con que tenga unos lindos hoyitos en las mejillas, o una sonrisa llena de dientes blancos, alcanza y sobra.
Después es necesario que se mantenga una distancia cercana. Se que este concepto es un poco enroscado, pero es muy certero. Con esto quiero decir que el amor platónico no es aquél que se siente por los galanes de televisión, los cantantes o modelos, eso se llama fanatismo. El verdadero amor platónico se siente por aquellas personas a las que uno ve cada tanto, a los que le puede sentir el perfume o descubrir qué canción tararea. Pero es fundamental que no se descubra nada más. Porque ahí nuestro objeto de adoración empieza a tener características humanas y pierde ese carácter celestial que lo convierte en el Dios a idolatrar.
Paso seguido es importante que empecemos a descubrir algún lugar o instancia donde poder compartir un momento con él. Podemos averiguar que colectivo se toma y en los horarios que lo hace, y tomarnos el mismo bondi, solo para viajar un par de cuadras bien pegadas a ese culo que nos desvela. O sino podemos investigar cuales son los lugares que le gusta frecuentar, y una vez hecha esta averiguación, escondernos detrás de un árbol, columna o lo que esté a mano y espiarlo solo para descubrir cada uno de esos gestos que lo harán más divino. Es fundamental no pasarse largas horas espiándolo, porque no vaya a ser que una los descubra escupiendo, escarbándose la nariz o eructando, porque ahí si que no hay tu tía y a la mierda toda la divinidad de nuestro amado.
Y por último, pero no menos importante, es saber cuando ha llegado el momento de emprender la retirada. Porque si nos seguimos acercando y el tipo se percata de nuestra admiración, hay dos caminos posibles, o que te meta una denuncia por hostigamiento y acoso sexual o lo que es peor, que quiera concretar.
Y esto último si que seria una tragedia, porqué es prioritario tener bien presente que el amor platónico pierde su encanto cuando uno intenta concretarlo. Así que la distancia es fundamental porque es, justamente, su carácter intangible lo que lo vuelve mágico.
Porque amigas mías, concretar un amor platónico es casi tan traumático como descubrir que los Reyes Magos son los padres.

lunes, 22 de octubre de 2007

Como por arte de magia


Vamos amigas, no se hagan las superadas y confiesen. Todas, alguna vez fantaseamos con ir a una bruja, gurú, chamán o lo que fuere, para que nos dé la receta mágica para conquistar a nuestro amado. Y como este sea constituido en un espacio para la confesión, seré sincera y reconoceré que soy de aquellas ingenuas que ha ido en busca del elixir del amor eterno. Y si bien pecaré de adelantarles el final, y aunque es de una brutal evidencia esta confesión, no he tenido éxito.
Mi travesía comenzó a los 19 años, tenía un novio menor que yo, un muchacho muy lindo, muy cándido, muy alegre y muy codiciado por las señoritas de nuestro círculo. Como sería de divino, que nunca pude entender porque me dio bola, yo no me la hubiera dado, y miren que yo tengo un amor propio comparable al de Narcizo…
Una tibia tardecita de enero, una vecina iluminada llegó con una noticia que cambió mi vida para siempre, me abrió a ese mundo tan temido pero tan codiciado por mi. A pocas cuadras del hogar materno residía una señora, que mediante plegarias, te ayudaba a mantener o a hacer retornar a tu amado. Lo mejor era que esta señora no cobraba una tasa fija por su servicio, es decir una le pagaba con lo que tenía si es que tenía. Ese fue el empujón necesario para que asistiera con mis 4 compañeras de aventuras de esa época. Imagínense, yo era una joven estudiante de Comunicación Social, mantenida por sus padres, que salía viernes, sábados y domingos, porque no podía arriesgarme a dejar a mi noviecito solo, miren si conocía a una quinceañera y se avivaba y se piantaba con otra…Así que: “A donde estés, estaré” era mi lema en esa época…
Nos dividimos en 2 grupos. Las 2 más valientes entraron juntas en el primer turno, debían entregar una foto del hombre codiciado y comunicarle su nombre completo. Con solo estos 2 datitos, la señora te aseguraba el amor eterno, la pasión desmedida, la añorada fidelidad y todo lo que se te cantara.
Siempre pensé que si solo esto es necesario para engualichar a alguien, el cosmos entero está complotado para que todos seamos victimas de algún encantamiento.
Aguantando la tentación salieron de la habitación. Era nuestro turno. Inflando el plexo de valor entramos al cuartito. Me imaginaba que me iba a encontrar con una especie de santuario, con velas encendidas a dioses negros con cabeza de elefante, o figuras en color rojo de mujeres exuberantes, con mucho humo de sahumerio, y la vieja con un tremendo turbante multicolor en la cabeza.
Pero no.
La señora tenía un batoncito parecido al que usaba mi abuela, el cuarto seguramente era el comedor familiar, el adorno más imponente de la habitación era la heladera atiborrada de imanes de roticerías, fabricas de pastas y veterinarias. Pero si había muchas estampitas de vírgenes y santos, con una vela solita que le rendía culto a todos por igual, el aroma no era a sándalo sino a fritanga…
La señora nos fue pidiendo de a una las fotos, le decíamos el nombre y la señora comenzaba a rezar mascullando, mientras golpeaba la foto con el puño cerrado. Una de las chicas no se aguanto más y le pregunto porque hacía eso. La doña muy campante respondió que era para “ablandarlos”, entonces mi amiga la casada, que por aquellos años era soltera, muy preocupada preguntó: ¿Y les duele? A lo que la señora contestó que si, “un poquito”. Luego de que nos atendió a las 3 y prometiendo volver pronto, le dejamos el pago por su servicio, $1 entre todas. Crease o no, la vieja me vaticinó que me cuidara de una rubia que se ataba el pelo con una colita en la nuca, porque nos quería separar. Como siempre fui la más boluda del barrio, me pensé que era la hermana que no me quería, pero no, el muy guacho de mi novio tenía otra mina de similares características a la que me mencionó la bruja. Igualmente volví un par de veces más, pero como aquel infeliz seguía empecinado en noviar con las dos, me desanimé y por un tiempo me alejé de la alquimia amorosa.
Pero, como es tan cierto eso de que el ser humano tropieza 2 veces con la misma piedra, y se ve que yo me lo he tomado muy a pecho, me enamoré de otro muchacho que parecía ser discípulo del cantautor Alejandro Sanz, en esa teoría de que “a veces soy tuyo y a veces del aire”. Esa raza de hombres me rompe soberanamente las pelotas.
Luego de un par de años de tratar, por todos los medios posibles y echando mano a cuanta estrategia de manipulación encontré, que el niño dejara de “ser del aire”, tomé coraje, agarré los clasificados del diario y me fui a una bruja que me tiré las cartas.
Contando ya con experiencia, no esperé encontrarme con una pitonisa como las de las películas, así que cuando llegué y me atendió una señora que me hizo pasar a la cocina de la casa, donde se encontraba el tele encendido en el talk show de Moría Casan, y me ofreció mate con cáscara de naranja, mientras esperaba mi turno, no me sorprendió. Estaba ansiosa, así que cuando entré a la habitación donde me esperaba mi nueva gurú, sentí una emoción inexplicable, como si estuviera por perder la virginidad con un profesional del sexo. La tipa era joven, la alianza en el dedo anular confesaba que estaba casada, lo cuál me hizo suponer que los dos nenes chiquitos que jugaban en el patio de la casa, eran sus hijos. Calculé que tendría unos 10 años más que yo. Había mucho olor a sahumerio de maderas del oriente y varias figuras de Santos y Ángeles, cada uno con su respectiva vela. Me tiró las cartas, le pegó en todo lo que me dijo, lo describió a ÉL tal cuál era, y por último me ofreció hacerme unas velitas para que nuestro amor se afiance por la módica suma de cincuenta pesitos. Como siempre fui media reacia a largar un mango en algo que no sea tangible, le dije que lo pensaría y partí muy contenta al hogar de mi amado.
Reconozco que siguiendo los consejos de mi pitonisa, las cosas estuvieron bien un tiempo, pero él seguía empecinado con esa ya trillada y antes mencionada filosofía de vida. Así que me cansé de los castillos en el aire y lo mandé a volar…
El asunto es que este guacho siempre me pudo. Así que después de varios meses volví con él. Mi corazoncito albergaba la ilusión de que él, esta vez, quisiera pisar tierra firme, pero el muy turro no cambia más y seguía con ese asunto del “toco el aire, no te toco” Y como vivo tropezando con la misma piedra, que a esta altura se ha convertido en adoquín, agarré de vuelta los clasificados y me dispuse a encontrar a mi gurú.
No tuve suerte. Pero como además de boluda, soy cabeza dura, no me di por vencida, y me puse a buscar un nuevo chamán.
Este era más “top”. Tenía una oficina en pleno centro, con una salita de espera que asfixiaba de olor a sahumerio, fuentes de agua, música clásica y vasitos de jugo exprimido para beber durante la espera. Cuando me llegó el turno, el señor que me atendió era un tipo grande, con un chaleco multicolor bastante ridículo, que tomaba un te verde en una taza que decía: “Para el mejor papá del mundo”. El hombre me tiró las cartas y fiel a su estilo “naturista”, me dijo cualquier verdura. Me mandó a que prendiera un montón de velas, porque según él, mi amado y yo estábamos engualichados, que guarde los restos y se los lleve así los leía y me daba el hechizo necesario para contrarrestar la maldición. Salí de allí con una gran sonrisa, prometiendo volver, cosa que jamás hice, porque este buen hombre tenía más pinta de chanta que de chamán.
No contenta con toda esta seguidilla de malas y extrañas experiencias, decidí que me dedicaría a cultivar mi sexto sentido. Más que para andar engualichando gente, para descifrar las señales que se me presentan y confiar más en mi instinto. Siempre creí en lo sobrenatural y en el poder de la mente, pero soy muy cagona para andar haciendo cosas raras. Todavía falta que se me meta un espíritu en mi diminuta casa de 2 x 2, donde solo quepo yo y mis 4 trapos locos, uno de los dos se va a tener que rajar, y no se porqué, pero sospecho que seré yo. Igual tomé valor y cuál aprendiz de Harry Potter, me compré un mazo de cartas de tarot y dos libros para interpretarlas. Exploré varias páginas de internet y me suscribí a algunas. Le tire las cartas a mis amigas y más de una vez acerté en mis vaticinios, mas por suerte que por otra cosa.
Por lo pronto y no solo porque me reconozco como una gran cagona, no andaría convocando a espíritus para ofrecerles mi alma a cambio del amor de un hombre. Todavía quiero vivir la emoción del romance, el conquistarnos, el seducirnos. Y tampoco quiero ahorrarme la desdicha del desengaño y del olvido. Pienso que la vida es un camino de enseñanza y que cada persona con la que nos cruzamos debe enseñarnos algo. Y se ve que soy bastante burra, porque salto de hombre en hombre, y no siento que haya aprendido un carajo.

jueves, 18 de octubre de 2007

Maldita Cenicienta


Las mujeres somos una isla de sufrimiento a causa del amor. Sufrimos por todo, en todos los contextos. Sufrimos cuando amamos y no nos aman. Sufrimos cuando nos aman y no amamos. Sufrimos estando solteras y sufrimos cuando nos casamos. Parece que toda nuestra vida es un eterno sufrimiento, una lenta agonía. Siempre nos sentimos insatisfechas, todo es poco o mediocre. Y no me parece una desgracia que no nos conformemos tan fácilmente, al contrario, me parece que es el comienzo al camino de la superación personal. Que si sentimos que merecemos más, es porque estamos capacitadas para obtenerlo.
Sin embargo, a veces somos tan sufridas, que ya ni los amigos nos aguantan. Es que resulta un poco imbancable estar con una persona que para todo tiene un lamento, o un reproche.
Según mi humilde opinión, los responsables de que nuestra vida amorosa sea un eterno desengaño, son los autores de los cuentos infantiles y las telenovelas de la siesta, que parecen estar en complicidad con nuestras madres y abuelas.
Todas las mujeres crecimos escuchando el cuento de la Cenicienta, Blancanieves y La Bella Durmiente. Desde los tres o cuatro años, nuestras madres y abuelas, nos sumergieron en un mundo de fantasía en donde la joven buena, bella y educada (y encima Princesa) era salvada por un Príncipe valiente, que para colmo, además de tener sangre azul, se enamoraba de ella a primera vista y viceversa. A los pocos días se casaban y comían perdices para siempre. Siempre me pregunte porque los cuentos no continuaban relatando las pequeñas minucias conyugales, como iban conociendo sus olores, sus sabores (los desagradables, no los eróticos). En fin, como limaban las asperezas, porque no nos olvidemos que ellos se casaban a los tres días de conocerse.
Hoy más de un noviazgo de cuatro o cinco años se termina, sin siquiera haberse planteado la posibilidad concreta de una boda. Y están los que llegan al casamiento y siguen pensando que fue demasiado pronto, que necesitaban más tiempo para conocerse mejor, sino no hubieran cometido semejante error (según palabras de ellos). De todos modos, quiero alegar en defensa de la pobre Cenicienta, que uno puede pasarse toda una vida con alguien, puede morirse a su lado, y no llegar nunca a conocerlo totalmente, es más una a veces no termina nunca de conocerse a si misma.
Pero continuemos con nuestro relato. Luego, ya entrando en la tierna adolescencia, las mujeres descubrimos el maravilloso mundo de las “telenovelas”. Lloramos, suspiramos y reímos con la heroína, también joven, bella y buena (que no es Princesa porque hoy la Monarquía esta en decadencia, pero si heredera de una cuantiosa fortuna). Y “él” bello, bueno, sufrido, ermitaño y mujeriego. Vive huyendo del amor, hasta que la conoce a “ella” y se enamora a primera vista para siempre. Les pasa de todo, superan toda clase de intentos de homicidio, secuestro, extorsión, en algunas oportunidades vuelven de la muerte, y en todas las tramas siempre aparece un hijo inexistente que esta a punto de separarlos. Vicisitudes más, vicisitudes menos, luego de año larguísimo, la pareja protagónica se reencuentra y se casa. Al igual que en los cuentos, me pregunto como se habrán llevado después de diez años de matrimonio, díganme si no les intriga enterarse si ella a engordado treinta kilos, o si él sigue siendo tan sexy sin un pelo en la cabeza, díganme si no les intriga saber si ellos no se plantean que tanto sufrimiento pasado fue al vicio.
Ahora entienden porque responsabilizo a los escritores y a las madres y abuelas de todo el mundo? Crecemos con esa imagen equivocada del amor. Primero: ningún hombre está capacitado para salvar a nadie, imaginate que no pueden con ellos mismos. Segundo: el amor a primera vista no existe, lo que puede existir es la calentura (diría sabiamente un amigo mío), pero eso no perdura más allá de la tercera cita, después todo se enfría y el supuesto amor eterno se va al diablo. Tercero: Hoy la gente casi no se casa, a lo sumo comienza a vivir en concubinato. Cuarto: No existe ser humano sobre la tierra que pueda aguantar todo lo que tienen que sufrir estos pobrecitos, ni hablar de que después de un tiempo de tantas mentiras ya no se quieren ver más, hoy en día es muy común dejar de querer al amor de nuestras vidas...Y por último, los hombres que huyen del amor, nunca dejan de huir, es una mentira total eso de que son mujeriegos y se enamoran de una y se vuelven honestos y fieles de la noche a la mañana, el que es mentiroso, infiel y estafador lo va a seguir siendo, por lo menos mientras no lo descubran.
Y así, queridas mías, crecemos engañadas, deseando un amor y una relación de pareja que no existe. Y como solo a los golpes se aprende, la vida cruel se encarga de desbaratarnos los sueños, y chocarnos de narices con la realidad: el Príncipe Azul no existe y nosotras no somos Cenicienta, aunque calcemos 36 y vivamos fregando pisos.

domingo, 14 de octubre de 2007

La culpa es de mi mamá

Tienen razón los hombres cuando dicen que las mujeres somos unos bichos raros. Se quejan de que no nos entienden y buscan formulas mágicas que les permitan conocer la enredada psiquis femenina, pero saben a ciencia cierta que jamás podrán descubrir que bicho nos pica cuando decidimos amarlos, desamarlos, dejarlos y hasta adoptarlos.
Y es en este último punto en donde me quiero detener. Existen muchísimas mujeres que nos embarcamos en la loca empresa de ser la madre sustituta de nuestra pareja. Los lavamos, los planchamos, les hacemos los rulos y hasta nos enganchamos en sus rayes hipocondríacos, nos convertimos en su “mamá”. La que nunca tuvieron o la que extrañan tanto. Los creemos indefensos, y nos enamoramos de ese gigante desamparado, con más pelo en el pecho que en la cabeza.
Y de pronto nos encontramos a nosotras mismas, mujeres independientes, pendientes de si nuestro hombre no llegó tarde al trabajo, si tomó el remedio a las nueve o si tiene la camisa planchada para salir con sus amigotes a reventar la noche. Nos esmeramos en que se sienten comprendidos, acompañados, contenidos, y amados incondicionalmente. Y lo peor es que ellos sienten nuestro incondicional amor maternal, comienzan a salir a cualquier hora, no nos dicen a donde van, ni con quien y se ofenden si una pregunta a donde aposento su maravillosa estructura ósea y muscular toda la jornada. Se sienten perseguidos y asfixiados, nos llenan de reproches y hasta nos acusan de mentirosas, porque el que ama incondicionalmente lo hace sin importar las conveniencias ni los inconvenientes, sin preguntar porque, ni como, ni cuando, ni donde, y mucho menos… con quien!.
Y nosotras nos enredamos en la telaraña que tejimos para enganchar a nuestro amado desvalido, nosotras mismas nos metimos en este brete, y nos tenemos que comer los codos antes de comenzar el interrogatorio cuando llegan de trabajar a las cinco de la mañana borrachos. Y viste como es una, acumula y acumula hasta que no aguanta más y un buen día explota la tercera guerra mundial, y no aguantamos ni siquiera que pidan a los gritos el toallon desde el baño, o que se acuesten con los pies sucios en las sabanas que acabamos de cambiar, en fin ninguna de esas minucias que los hacían maravillosamente queribles. Por todo armamos una pelotera bárbara, hasta que un día, por unos calzoncillos sucios escondidos atrás del inodoro los echamos a la calle en una fría noche de lluvia. Y ahí nos convertimos en las brujas, y comienzan a surgir teorías en la barra de un tugurio lleno de hombres despechados sobre porque somos tan locas, nunca reflexionan sobre la posibilidad de que somos seres humanos con limites y dignidad, sino que nos tildan directamente de brujas.
Saben una cosa amigas mías, la culpa es nuestra. Cría cuervos y te sacaran los ojos.
Y para colmo, la que tiene esa alma maternal empedernida no cambia. Va por la vida adoptando hombres cual si fueran huérfanos de Somalia.
Según mi exigua experiencia personal, estos hombres no dejaron nunca de ser unos niños, no es que aún conservan su niño interior, sino que siguen siendo ese niño, y no es por nada, pero a veces los niños suelen ser muy crueles, te hacen un berrinche en el medio de la calle, hacen una travesura y lo niegan con su mejor cara de “yo no fui”, y te tienen tomado el tiempo.
Pero sigo insistiendo en que la culpa es nuestra, nos transformamos en Yocasta (por si no saben quién fue esta señora, les cuento que fue la mamá de Edipo), pero ninguna se percata que esa historia termina mal, que ella se inmola y él se autoflagela dejándose ciego, y cometemos el mismo error. Pero la vida real no es “tan” así, es peor: una termina deprimida con veinte kilos de más ganados a puro chocolate, preocupadas porque a él seguro lo enredo alguna víbora que le sacará las pocas monedas que conserva gracias a nuestra intervención. Sentimos culpa por nuestra condición de abandónicas. Pensamos que se va a morir de frío, de cólera, de hepatitis, de inanición o de cualquier virus que ande suelto. En fin, nuestro sufrimiento de madre nunca termina.
Es cierto que nadie nunca podrá entendernos, pero porque nosotras jamás nos entenderemos. Nos encontramos con este maravilloso ser e ingenuamente creemos que podremos “salvarlo” y cuando nos damos cuenta que más por casualidad que por capacidad, podemos con nosotras mismas, lo abandonamos a su suerte, lo echamos al mundo. Y seguramente, el muy desagradecido, cuando este con otra en el momento post-coito y cigarrillo mediante, nos endilgará sus traumas de complejo de Edipo mal resuelto, su miedo al compromiso, y su delirio persecutorio. Pero una no aprende más, y seguirá buscando incansablemente algún desvalido que necesite los cuidados de nuestra tierna almita maternal.

jueves, 11 de octubre de 2007

Como chico con juguete nuevo


El otro día estaba en mi casa muy campante, mirando la tele. Antes de continuar es necesario aclarar que no tengo cable, así que estoy sujeta a la escasa programación de los canales de aire locales. Eran las 8 de la noche y una blonda señora, sesentona ella, estaba en un impoluto living blanco, con 3 “amigas” y una señorita que le enseñaba juguetes sexuales. Estaban maravilladas las chicas….
Todavía recuerdo la primera vez que fui a un sex shop como si fuera ayer.
Cuando algo me da vergüenza me pongo colorada al instante, y con la cara redonda que tengo, imagínense en el cachazo de tomate en el que se convierte mi rostro.
Mutada en un tomate inmenso con cara de circunstancia, haciéndome la superada, hice mi entrada triunfal al local. Como si el supremo me hiciera un guiño, no había nadie, solo el vendedor, un simpático señor cincuentón que me contaba que su hija acababa de recibirse de abogada, mientras me ponía en la mano un vibrador para que yo testeara la intensidad del mismo. Obviamente que hice uso del archiconocido argumento del regalo para una despedida de soltera. Calculo que el cincuentón no me creyó nada, pero tuvo el buen tino de seguirme la corriente. Es que el hombre, como todo comerciante, quería asegurarse la venta. Me mostró todos los modelos, las texturas, los sabores y olores de cada falo de plástico que adornaban las paredes del comercio. Al fin me decidí por uno, y partí a mi casa, feliz, con mi flamante consolador en la cartera. No se cuanto tiempo habré estado en el local, solo recuerdo que esa visita marcó el fin de una etapa y el comienzo de una nueva era que se abría ante mis ojos, como si la caja de Pandora se abriera, y el universo se pusiera patas para arriba, introduciéndome en un mágico mundo. Me sentía Alicia en el país de las maravillas.
Otra cosa que siempre me intereso es la literatura erótica. Mi ex tenía grandes cantidades de bibliografía al respecto. Luego del coito, él se dormía a mi lado, roncando cual búfalo y yo me dedicaba a instruirme sexualmente. Por ejemplo descubrí que era la bendita “lluvia dorada”, la cuál, para mi gusto, es demasiado escatológica para ser sensual. También me enteré de algunos métodos masoquistas bastante interesantes. Ya que estamos en tren de confesiones acepto que, siempre y cuando no esté en juego la perdida de alguna extremidad, órgano, hueso o músculo, no me desagrada para nada algunos juegos de esa práctica sexual.
Ya se sabe que los largos años de noviazgo requieren que la pareja se reinvente de manera constante para que la rutina no apague la pasión. Y yo estaba muy enamorada como para arriesgarme a que mi bien amado me cambié por un modelo más nuevo.
Nuestra vida sexual era bastante intensa. Al comienzo éramos tan fogosos y ardientes, que todos los días, estábamos déle que déle.
Después que llegamos a conocernos profundamente, logrando la tan ansiada coordinación del ritmo, intensidad y tiempo de duración del acto amatorio, se nos ocurrió probar con posiciones exóticas, aggiornando el kamasutra a nuestra destreza física. Más de una vez tuvimos que parar porque los calambres tiraban al tacho la lujuria.
Luego pasamos a probar en lugares extraños, llenos de gente por lo general. Se nos dio por el exhibicionismo. Llegó una época en el que no nos permitían la entrada en ningún pub de la ciudad y más de una vez, la luz de un patrullero nos cegó en varias plazas tranquilas de barrio. En esta etapa descubrí que es un mito eso que dicen por ahí del fiat 600, es un auto cómodo para practicar el arte del sexo, el secreto está en saber acomodar los asientos y encontrar la posición adecuada para evitar los calambres.
Superada esta época, probamos con los disfraces y la lencería erótica. Al comienzo el vestuario era casero, el guardapolvo de maestra jardinera de mi hermana, el delantal de cocina de mi abuela, la capa y el antifaz del disfraz de batman de su hermano, la pollera escocesa de mi viejo uniforme de la Escuela. Nos disfrazábamos con lo que teníamos a mano. Luego empezamos a comprar algunos accesorios, coronitas, alas de ángel, narices de payaso, varitas mágicas y bonetes. Al último ya invertíamos grandes dinerales en ropas que nos pondríamos a lo sumo 3 veces.
Cuando la imaginación empezó a escasear, se me ocurrió la feliz idea de comprar juguetes sexuales. Así fue que llegué hasta el edénico local. Descubrí accesorios maravillosos, que despertaron sensaciones interesantes e inquietantes. Y si bien esto avivó bastante la pasión, él comenzó a sentir que tenía competencia.
Mira si serán pelotudos los hombres, que llegan a sentir celos de un vibrador!.
Pero la pasión irremediablemente desapareció y entonces mi noviazgo se fue al diablo y entre llantos, gritos y promesas de homicidio, decidimos separarnos.
En un principio temí que ya no podría prescindir de mis juguetes, preocupada pensé: “No puedo pelar el consolador la primera vez que esté con alguien que recién me conoce. Se va a asustar”. Pero la divina providencia estuvo de mi parte y no necesite hacer uso de mis accesorios amatorios. Hasta ahora me han tocado muchachos bastante gauchitos, que se las rebuscan bastante bien sin necesidad de complementos.
Así que todavía descansa (bien a mano por las dudas) mi primer consolador, en el cajón de la ropa, perdido entre las medias y los corpiños. Uno nunca sabe cuando va a tener que echar mano a la autogestión…