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Como por arte de magia


Vamos amigas, no se hagan las superadas y confiesen. Todas, alguna vez fantaseamos con ir a una bruja, gurú, chamán o lo que fuere, para que nos dé la receta mágica para conquistar a nuestro amado. Y como este sea constituido en un espacio para la confesión, seré sincera y reconoceré que soy de aquellas ingenuas que ha ido en busca del elixir del amor eterno. Y si bien pecaré de adelantarles el final, y aunque es de una brutal evidencia esta confesión, no he tenido éxito.
Mi travesía comenzó a los 19 años, tenía un novio menor que yo, un muchacho muy lindo, muy cándido, muy alegre y muy codiciado por las señoritas de nuestro círculo. Como sería de divino, que nunca pude entender porque me dio bola, yo no me la hubiera dado, y miren que yo tengo un amor propio comparable al de Narcizo…
Una tibia tardecita de enero, una vecina iluminada llegó con una noticia que cambió mi vida para siempre, me abrió a ese mundo tan temido pero tan codiciado por mi. A pocas cuadras del hogar materno residía una señora, que mediante plegarias, te ayudaba a mantener o a hacer retornar a tu amado. Lo mejor era que esta señora no cobraba una tasa fija por su servicio, es decir una le pagaba con lo que tenía si es que tenía. Ese fue el empujón necesario para que asistiera con mis 4 compañeras de aventuras de esa época. Imagínense, yo era una joven estudiante de Comunicación Social, mantenida por sus padres, que salía viernes, sábados y domingos, porque no podía arriesgarme a dejar a mi noviecito solo, miren si conocía a una quinceañera y se avivaba y se piantaba con otra…Así que: “A donde estés, estaré” era mi lema en esa época…
Nos dividimos en 2 grupos. Las 2 más valientes entraron juntas en el primer turno, debían entregar una foto del hombre codiciado y comunicarle su nombre completo. Con solo estos 2 datitos, la señora te aseguraba el amor eterno, la pasión desmedida, la añorada fidelidad y todo lo que se te cantara.
Siempre pensé que si solo esto es necesario para engualichar a alguien, el cosmos entero está complotado para que todos seamos victimas de algún encantamiento.
Aguantando la tentación salieron de la habitación. Era nuestro turno. Inflando el plexo de valor entramos al cuartito. Me imaginaba que me iba a encontrar con una especie de santuario, con velas encendidas a dioses negros con cabeza de elefante, o figuras en color rojo de mujeres exuberantes, con mucho humo de sahumerio, y la vieja con un tremendo turbante multicolor en la cabeza.
Pero no.
La señora tenía un batoncito parecido al que usaba mi abuela, el cuarto seguramente era el comedor familiar, el adorno más imponente de la habitación era la heladera atiborrada de imanes de roticerías, fabricas de pastas y veterinarias. Pero si había muchas estampitas de vírgenes y santos, con una vela solita que le rendía culto a todos por igual, el aroma no era a sándalo sino a fritanga…
La señora nos fue pidiendo de a una las fotos, le decíamos el nombre y la señora comenzaba a rezar mascullando, mientras golpeaba la foto con el puño cerrado. Una de las chicas no se aguanto más y le pregunto porque hacía eso. La doña muy campante respondió que era para “ablandarlos”, entonces mi amiga la casada, que por aquellos años era soltera, muy preocupada preguntó: ¿Y les duele? A lo que la señora contestó que si, “un poquito”. Luego de que nos atendió a las 3 y prometiendo volver pronto, le dejamos el pago por su servicio, $1 entre todas. Crease o no, la vieja me vaticinó que me cuidara de una rubia que se ataba el pelo con una colita en la nuca, porque nos quería separar. Como siempre fui la más boluda del barrio, me pensé que era la hermana que no me quería, pero no, el muy guacho de mi novio tenía otra mina de similares características a la que me mencionó la bruja. Igualmente volví un par de veces más, pero como aquel infeliz seguía empecinado en noviar con las dos, me desanimé y por un tiempo me alejé de la alquimia amorosa.
Pero, como es tan cierto eso de que el ser humano tropieza 2 veces con la misma piedra, y se ve que yo me lo he tomado muy a pecho, me enamoré de otro muchacho que parecía ser discípulo del cantautor Alejandro Sanz, en esa teoría de que “a veces soy tuyo y a veces del aire”. Esa raza de hombres me rompe soberanamente las pelotas.
Luego de un par de años de tratar, por todos los medios posibles y echando mano a cuanta estrategia de manipulación encontré, que el niño dejara de “ser del aire”, tomé coraje, agarré los clasificados del diario y me fui a una bruja que me tiré las cartas.
Contando ya con experiencia, no esperé encontrarme con una pitonisa como las de las películas, así que cuando llegué y me atendió una señora que me hizo pasar a la cocina de la casa, donde se encontraba el tele encendido en el talk show de Moría Casan, y me ofreció mate con cáscara de naranja, mientras esperaba mi turno, no me sorprendió. Estaba ansiosa, así que cuando entré a la habitación donde me esperaba mi nueva gurú, sentí una emoción inexplicable, como si estuviera por perder la virginidad con un profesional del sexo. La tipa era joven, la alianza en el dedo anular confesaba que estaba casada, lo cuál me hizo suponer que los dos nenes chiquitos que jugaban en el patio de la casa, eran sus hijos. Calculé que tendría unos 10 años más que yo. Había mucho olor a sahumerio de maderas del oriente y varias figuras de Santos y Ángeles, cada uno con su respectiva vela. Me tiró las cartas, le pegó en todo lo que me dijo, lo describió a ÉL tal cuál era, y por último me ofreció hacerme unas velitas para que nuestro amor se afiance por la módica suma de cincuenta pesitos. Como siempre fui media reacia a largar un mango en algo que no sea tangible, le dije que lo pensaría y partí muy contenta al hogar de mi amado.
Reconozco que siguiendo los consejos de mi pitonisa, las cosas estuvieron bien un tiempo, pero él seguía empecinado con esa ya trillada y antes mencionada filosofía de vida. Así que me cansé de los castillos en el aire y lo mandé a volar…
El asunto es que este guacho siempre me pudo. Así que después de varios meses volví con él. Mi corazoncito albergaba la ilusión de que él, esta vez, quisiera pisar tierra firme, pero el muy turro no cambia más y seguía con ese asunto del “toco el aire, no te toco” Y como vivo tropezando con la misma piedra, que a esta altura se ha convertido en adoquín, agarré de vuelta los clasificados y me dispuse a encontrar a mi gurú.
No tuve suerte. Pero como además de boluda, soy cabeza dura, no me di por vencida, y me puse a buscar un nuevo chamán.
Este era más “top”. Tenía una oficina en pleno centro, con una salita de espera que asfixiaba de olor a sahumerio, fuentes de agua, música clásica y vasitos de jugo exprimido para beber durante la espera. Cuando me llegó el turno, el señor que me atendió era un tipo grande, con un chaleco multicolor bastante ridículo, que tomaba un te verde en una taza que decía: “Para el mejor papá del mundo”. El hombre me tiró las cartas y fiel a su estilo “naturista”, me dijo cualquier verdura. Me mandó a que prendiera un montón de velas, porque según él, mi amado y yo estábamos engualichados, que guarde los restos y se los lleve así los leía y me daba el hechizo necesario para contrarrestar la maldición. Salí de allí con una gran sonrisa, prometiendo volver, cosa que jamás hice, porque este buen hombre tenía más pinta de chanta que de chamán.
No contenta con toda esta seguidilla de malas y extrañas experiencias, decidí que me dedicaría a cultivar mi sexto sentido. Más que para andar engualichando gente, para descifrar las señales que se me presentan y confiar más en mi instinto. Siempre creí en lo sobrenatural y en el poder de la mente, pero soy muy cagona para andar haciendo cosas raras. Todavía falta que se me meta un espíritu en mi diminuta casa de 2 x 2, donde solo quepo yo y mis 4 trapos locos, uno de los dos se va a tener que rajar, y no se porqué, pero sospecho que seré yo. Igual tomé valor y cuál aprendiz de Harry Potter, me compré un mazo de cartas de tarot y dos libros para interpretarlas. Exploré varias páginas de internet y me suscribí a algunas. Le tire las cartas a mis amigas y más de una vez acerté en mis vaticinios, mas por suerte que por otra cosa.
Por lo pronto y no solo porque me reconozco como una gran cagona, no andaría convocando a espíritus para ofrecerles mi alma a cambio del amor de un hombre. Todavía quiero vivir la emoción del romance, el conquistarnos, el seducirnos. Y tampoco quiero ahorrarme la desdicha del desengaño y del olvido. Pienso que la vida es un camino de enseñanza y que cada persona con la que nos cruzamos debe enseñarnos algo. Y se ve que soy bastante burra, porque salto de hombre en hombre, y no siento que haya aprendido un carajo.

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