viernes, 30 de noviembre de 2007

Sana competencia


Como muchos de ustedes ya saben, trabajo como editora de una revista, entre mis tareas está producir las notas que se publicarán, por lo tanto mi trabajo, principalmente, consiste en conseguir y mantener contactos. Hace unos días estaba revisando una vieja agenda, buscando el número de una compañera de la facultad, que trabaja para un personaje que queríamos entrevistar. Revolviendo la agenda encontré varias anotaciones de fechas claves sobre momentos sublimes vividos con un novio que tenía hace más de 7 años. Lo primero que pensé es: “¡La mierda, que vieja que estoy!” Y continué con un pensamiento mucho más profundo y sentido aún: “¡Qué pelotuda!”
El asunto es que esas anotaciones me remontaron a esa ingrata y psicópata época de mi vida.
Hoy que han pasado varios años, coincido con aquellos que piensan que el mejor amor es el no correspondido. Porque nos deja un recuerdo más intenso sobre nuestros sentimientos. Ese que provoca tanta desolación y desengaño que hace que salgamos fortalecidos, porque solo cuando uno toca fondo puede recién tomar impulso para salir a la superficie.
Pero aunque fue una de las peores etapas de mi vida, no recuerdo una depresión más divertida y disparatada que la que viví en esos años.
Estaba mal, muy mal. Absolutamente desequilibrada...
Él era menor que yo, nos pusimos de novios porque él sentía una rara admiración hacía mi. Él (equivocadamente) me imaginaba madura y experimentada, y sentía un gran orgullo cuando nos paseábamos de la mano por la vida, cual los amantes de Verona. Yo siempre fui cabeza dura, pero jamás una negadora. Así que era conciente que lo que él sentía por mí, no era amor, y que cuando empezará a conocerme iba a comenzar a desilusionarse. Entonces me encapriché con que tenía que aprovechar los primeros momentos de romance, para lograr que se enamorara de mí. Como ya se habrán dado cuenta, yo estaba hasta las tuercas y deliraba con eso de que el amor llegaría con el tiempo. El asunto es que jamás paso o mejor dicho, jamás vino.
Como último recurso pensé que tenía que hacerlo sentir inferior a mi, para conservar la admiración y para que sintiera que nunca iba a tener una novia mejor que yo.
Pero no conseguí el efecto deseado, sino que él comenzó a tenerme miedo.
Como será que estaba de loca, que no tengo un recuerdo claro de lo desmanes que cometía en esa época.
Recuerdo los escándalos que le armaba en cualquier lado, los 35 llamados diarios para que me diera parte de lo que estaba haciendo cuando no estaba conmigo, el permiso vedado para que se juntara con sus amigos y las investigaciones que realizaba para descubrir si me engañaba.
Lo psicopatié tanto que terminó compartiendo “nuestro amor” con otra señorita. O sea, la pareja era de 3.
Como en esos años me había convertido en discípula del investigador Gagget, terminé descubriendo el triangulo amoroso.
Ni se imaginan la pelotera que se armó. Cuando él se entero que yo había descubierto su treta, se andaba escondiendo en los pisos de los vehículos de sus amigos, por miedo a que le pegué.
Fue un papelón el fin de ese noviazgo.
Pero lo peor estaba por venir…
Nunca fui muy tajante en mis decisiones, y luego de unos meses de llorar día y noche, decidí que tenía que reconquistarlo. Así que me convertí en el ser más cándido y comprensivo que podría habitar la faz de la tierra. Les digo que me dio resultado, pero como el cambio no era genuino, me duro un par de semanas, la exótica sicopatología que sufría empezó a aflorar por los poros de mi piel. Lo que más me desequilibraba era que él seguía con las dos, con una impunidad desvergonzada que me ponía los pelos de punta.
Pero como yo experimentaba ese amor empecinado, no lo iba a largar.
Sin embargo mi objetivo había cambiado. Ya no esperaba que él se enamore de mí, sino que lo único que deseaba era arrebatárselo a la ordinaria socia que tenía en esta empresa, que era pendeja pero no boluda. Además era una contrincante con agallas y me daba batalla la muy turra.
Hoy que lo pienso a la distancia, reconozco que el verdadero traidor era él. La señorita no me debía fidelidad ni me había dado su palabra jurándome respeto. Era él el que me estaba cagando. ¿Porque será que todos los seres humanos nos la agarramos con el “otro” y no con quién realmente nos está engañando?
La batalla fue durísima, nos provocábamos todo el tiempo. Había insultos desagradables, gestos grotescos, risas irónicas, amenazas en el baño de la casa de una amiga mía. Cada una tenía su barra brava, integrada por las amistades propias y los secuaces de “nuestro novio”, que tomaban partido de una manera más que escandalosa, y aprovechándose de la situación se ofrecían “gentilmente” para hacernos el favor de oficiar de amantes para darle celos a él y que se decidiera por alguna de las dos…Ambas utilizamos esta estrategia sin ninguna suerte.
El novio de América había pasado a un segundo plano y lo único que nos importaba era ver cuál de nosotras se quedaba con el trofeo, que en este caso era un lindo muchachito con blondos rizos, piel dorada y sonrisa ingenua (Era lindo el guacho!).
Estoy segura que él disfrutaba con la situación, y de paso cañazo…¡Nos engañaba con otras!…
Pero así y todo, era divertido. Me pasé dos años larguisímos entre risas y llantos diseñando tácticas de guerra. Era casi tan buen estratega como Napoleón o por lo menos eso creía yo.
No obstante, nada es para siempre, y mi divertida depresión fue mutando hacía un aburrimiento atroz. Él no se decidía y se me habían agotado las ideas. Ya no sentía la adrenalina del peligro latente y la “sana competencia” que existía con mi socia. Y como soldado que huye, sirve para otra batalla, me declaré desertora y le espeté en la cara: “Me harté, te lo regalo con moño y todo. ¡Yo no lo quiero más!” A lo cual mi enemiga, muy suelta de cuerpo respondió: “¡Yo tampoco sabes!”.
Así que el rubio quedó, lisa y llanamente, de la noche a la mañana, abandonado a su suerte y buscando nuevas socias para su empresa.
A ella no la vi nunca más.
A él con el correr de los años me lo crucé una noche en un bolichongo de mala muerte, donde lo primero que me dijo fue: “¡Qué loca que estabas!” Ante lo cual lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza, reír a carcajadas y pedir perdón. No di explicaciones porque ya me había olvidado del asunto y no sabía que decir. Nos pusimos al tanto del giro que habían dado nuestras vidas y nos despedimos para siempre. Hoy vive en el sur y esta casado. Y yo…soy editora de una revista y tengo un blog donde escribo huevadas…
¿Qué habrá sido de la vida de la Dana? Les confieso que a ella la recuerdo con más nostalgia que a él.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La culpa la tienen los padres (en este caso, sobre todo, mi madre)

Se dirimen muchas teorías en mi círculo íntimo acerca del desencadenante de mi desequilibrada personalidad.
Son teorías bastantes disparatadas, pero sin ninguna duda, las de mi vieja son las que se llevan el premio mayor.
Primero que nada quiero aclarar que mi señora madre es psicóloga, lo cuál agrava sobre manera las teorías que ha desarrollado para explicar que no es la crianza que ella y mi padre me han dado, lo que ha desencadeno que me convierta en este extraño moustrito que soy. Según ella, todas las peleas que se han desatado en mi “hogar dulce hogar” (las cuales no se han privado de ataques de nervios, tirada de la valija de mi viejo por la ventana de la pieza a la calle, hasta amenazas de homicidio agravado por el vínculo) no han sido lo suficientemente traumáticas como para dejar secuelas en mi psiquis.
Si no que es algo mucho más sobrenatural y metafísico, y que por supuesto, no es culpa de ella. Igual a mi me importa un carajo todas las horas que invierte en el desarrollo de sus teorías y los fundamentos que las sostienen y cuando se desata la “tole tole” le digo a los gritos que “¡Toda la culpa es de los padres, así que asumí tu responsabilidad en todo esto y no te quejes!”
La primera de sus teorías, y la que solo ha generado nada más que risas (Aunque juro que ella no lo dice en broma) es que el astigmatismo me está dejando ciega de un ojo porque hay algo que no quiero ver. Entonces, inevitablemente soy una ciega negadora, tesis que explica muchos de mis comportamientos obstinados y obsesivos. Como no poder dormirme sin fumarme un pucho, sostener noviazgos inconvenientes, etc, etc.
La otra es que si mi señor padre le hubiera hecho caso cuando lo mandó a anotarme al Registro Civil bajo el nombre de Matilde, mi vida sería distinta (Por suerte mi viejo cuando levanta el culo del frente de la caja boba y delega el manejo del control remoto, se ilumina y no comete los disparates que le manda a hacer mi señora madre). Ella sostiene que todas las Lauras que conoce son bastante inestables, ciclotímicas e indecisas. Es como una especie de karma que sufren todas las mujeres bautizadas bajo este nombre. Las que tienen la suerte de llamarse Matilde tienen una templanza que las caracteriza sobre manera y que las envuelve en un halo de coherencia y certeza. Ósea si yo me llamara Matilde seguro que no abandonaría a la mitad las cosas que comienzo, habría terminado la bendita tesis de Comunicación, no me darían ganas de ir al baño cuando estoy secando los platos, etc, etc.
La tercera es que soy la hija del medio, malcriada por mi abuela, lo cual hace que llame constantemente la atención de todos los que me rodean. Esta teoría sirve para explicar el porqué de mis caprichos o mi extremo egocentrismo. Me parece que es la que más fundamento psicológico tiene.
Después viene una seguidilla de cosas más disparatadas aún, que me grita en la cara cada vez que nos peleamos.
Dice que de tanto plancharme el pelo se me han ido achicharrando las ideas. O que soy inmadura porque me pase la mitad de mi vida durmiendo (soy de buen dormir, mínimo 8 horas para estar decentemente despierta) o que perdí los mejores años de mi vida adorando el equipo de música.
La verdad es que a mí me dan mucha gracia y más de una vez me hago la exótica a propósito, para seguir fomentando las fantasías que mi vieja se hace conmigo, es que es muy gracioso verla refunfuñar intentado encontrar una explicación coherente y convincente para mis acciones.
Eso sí, siempre se le llenan los ojos de juguetitos cuando dice orgullosa: “La Laura es la más parecida a mí”. Yo no se, entonces, porque me hace renegar tanto con eso de que en vez de ir al oculista, tengo que ir a un psicólogo urgente para que me trate del astigmatismo o de que me tendría que haber llamado Matilde para ser una chica perseverante y centrada, y con el título de Licenciada en Comunicación colgado en la pared del living.
Y, como me gustan mucho los dichos populares, pienso cerrar este relato con una solo frase: “Lo que se hereda, no se hurta”

viernes, 23 de noviembre de 2007

¡Mi amor ya llegué!

Es una frase tan común cuando una está en pareja…
El asunto es cuando él aparece con las valijas, dispuesto a quedarse a vivir con una, mujer independiente, soltera, sin hijos, ni nada que la ate a nada más que la vida misma.
Pero él te cae de sopetón y te dice con una sonrisa de oreja a oreja: “Ya está, la dejé. Ahora si. Me quedo a vivir con vos”
Chanchan chanchan chanchan (musiquita de terror, onda psicosis).
Ósea traduzco. Una era la amante, la otra, el señor tiene (o tenía) una señora esposa, y resulta que ahora se separó para venirse a vivir con una.
Pero…¡Porqué carajo no nos consultó!.
Es verdad, más de una se pondría feliz porque el hombre que ama se decide finalmente por ella. Esto sucede la mayoría de los casos, pero no es eso lo que está en tela de juicio, sino el asunto de tomar semejante decisión sin consultar con una.
Es lo mismo que tomar la decisión de casarse. A ver, a ver… cuando uno decide casarse, generalmente es una decisión que lleva años de reflexión, de sumo convencimiento de que uno quiere pasarse el resto de la vida con alguien, y principalmente se toma de a dos. Nadie puede casarse solo, es así de simple
Y estos señores, ellos solitos, deciden que se van a venir a vivir a nuestro minúsculo departamentito, invadiéndonos con los regalos del día del padre que le han hecho con fideos sus pequeños retoños, trastocándonos nuestros horarios y hábitos, regalándonos una suegra de la noche a la mañana. Sin preguntarle a una si quería eso o prefería una caja de “garotos”
Pasamos de ser una mujer independiente, que arreglaba sus tiempos a su gusto y piaccere, sin tener que rendir cuentas ni cumplir con obligaciones sociales, disfrutando el día a día, y con toda la libertad de mandarlo a freír buñuelos cuando se hartara o apareciera algo mejor.
Y de repente nos convertimos en amas de casa. Tenemos que lavarles y plancharles la ropa, tenerles la comida lista a horario, una que se arreglaba con una tacita de café con criollos o un yogurcito, lavar el culo de niños ajenos, hacerles hacer la tarea, llevarlos a la plaza, el cine, el teatro, cocinar lemon pie y selva negra para la suegra, dar cuenta de porque llegamos tarde, porque nos demoramos en la casa de una amiga, atendiendo a los borrachos de sus amigotes, bancándonos las mujeres de estos señores, que no hacen más que compararte con la “ex”, que era tan buena, lo quería tanto y se bancó tantas trastadas de él, como para que este desalmado se encajete con cualquiera (qué venís siendo vos) y la largue.
¡Un horror!
¡Cómo no nos consulta!
Según mi señora madre (que para los que no saben es psicóloga) estas relaciones no duran mucho, porque una cosa es estar con alguien cada tanto, sabiendo que la pareja no se puede concretar, que hay que ocultarse, que no hay que dar explicaciones. Y otra muy distinta es decidirse a vivir ese amor, como socialmente debe ser. Se acostumbran a estar juntos para disfrutar, para divertirse, de manera clandestina. Pero al verse a diario y relegar la vida que cada uno tenía, viene el “tole tole”.
La adrenalina del encuentro furtivo desaparece, la rutina se lleva toda la mística que existía y que servía para sostener una relación de estas características. E inevitablemente viene el desastre.
Y él no hace más que echarte en cara que perdió a sus hijos, que se peleó con su mamita y sus amigos. Qué la gente habla mal de él. Que no le cocinás, lavás, planchás, cosés, ni le hinchás las pelotas como “ella”. Y una, lo acuso de invadirla, de no consultarle: “jodéte por boludo, yo nunca te pedí que vengas, te hubieras separado y nos hubiéramos puesto de novios, vos quisiste venir hijo de una gran p…” Y ya no hay vuelta atrás.
Y como una sabe como lo ha conocido, y sabe cuales son las excusas que le ponía a su “ex” señora esposa (que dicho sea de paso, está en su mejor momento desde que se sacó de encima a semejante clavo), se desquicia pensando que él seguro que está cuerneándonos con otra, que seguro estará planeando dejarnos, una que ha perdido la libertad y la independencia, que se ha encariñado con los retoños y que ha llegado a una extraña pero tranquila guerra fría con la suegra que hace amena la convivencia en las fiestas familiares, que se ha hecho compinche de las arpías de las mujeres de los amigos a base de enterarse algunos deslices amorosos de estas “respetables” señoras.
Y ahora que, por fin, una se acomodó a la nueva vida que le regaló su amado. Este hijo de una gran perra, se arrepintió. Nooo, si una estaba choochaa cuando te cayó con las valijas sin avisarte, ni consultarte. Como si una la hubiera estado esperando con los brazos abiertos. Una que andaba con un tipo casado, porque le huía al compromiso, sintiéndose libre.
Pero como una ya está hecha una piltrafa humana, le queden pocos caminos: O consultá algún oráculo (qué hoy en día son las también llamadas pitonisas que te tiran el tarot) para que nos profeticen que será de nuestro futuro y de paso cañazo, te de alguna pócima que te garantice el amor del turro en cuestión.
O si no te buscás una psicóloga que les haga terapia de pareja, si es que el condenado no es reticente a este tipo de tratamientos, porque siempre tenés al que te dice: “Pero mira si voy a ventilar los trapitos sucios con un desconocido, como si supiera más que yo. Andá sola a hacer terapia de pareja, yo no la necesita”. ¡Cuanta necedad!
O si no te armás de valor y lo mandás de vuelta con su ex señora esposa, si es que lo quiere de vuelta (cosa que no creo porque la mina está hecha una pinturita sin el quetejedi) o que sea lo que dios quiera con él, porque vos no querés nada, ni de él ni con él.
Así es amiga, una vive un sufrimiento eterno. Contigo y sin ti. ¿De quién será la culpa, nuestra, de él o del cosmos? Cuando tenga la respuesta se las paso chicas, por lo pronto a no desesperarse, que no hay mal que por bien no venga…

lunes, 19 de noviembre de 2007

Dime con quién andas y te diré cuán guacha eres


Qué ejemplar raro que somos las mujeres…Esto que digo no es nada nuevo. Nadie ignora que somos unas insatisfechas, ciclotímicas y demás adjetivos calificativos que denotan que una es como la “gata flora”.
Yo me reconozco como una jodida con todas las letras. Tengo la capacidad de sacar a cualquiera (sobretodo a mis parejas) de sus cabales.
Pero mis amigas tampoco se salvan.
Entre uno de mis tantos pruritos, todas conocen a la perfección que perderán mi amistad si las llegó a enganchar con alguno de mis ex, ni hablar si las cazo con el novio de turno.
Otelo un poroto al lado mío…
Bajo amenaza de muerte están mis amigas.
Con mis ex no puedo usar esta técnica, porque no hemos terminado con una sana relación, por decirlo de alguna manera, para no ahondar en detalles escabrosos y bochornosos que no vienen al caso y que por decoro no mencionaré.
Sin embargo, es necesario recordarles que no soy celosa, sino más bien egoísta. Hay ciertas cosas que no me gusta compartir. Hay algunos secretillos que prefiero guardar. Además ¿Con quién voy a reírme de los defectos de mis antiguos amores, si mis amigas se los agencian? Una necesita cuerearlos y echarles la culpa de lo que pasó, dejó de pasar o nunca pasó, y quién mejor que las compinches para prestar la oreja y afilar la lengua en estas ocasiones.
Así que no acepto, de ninguna manera y bajo ningún concepto, que una amiga mía se enganche con uno de mis ex.
Pero como ya les confesé que soy bastante jodida, debo admitir que yo he perpetrado este delito que no perdonaré jamás.
Mi primer novio se lo birlé a mi mejor amiga.
Se que no hay justificativo para semejante atrocidad, pero juro ante la Biblia, el Corán, la Torá, y todas las sagradas escrituras que existan, que no fue a propósito.
El asunto fue, más o menos, así. Resulta que mi amiga conoció al muchacho en cuestión en una fiesta, bailaron toda la noche y hasta se besaron. En esa época, hace 15 años, no existían los celulares y como no todos tenían teléfono fijo, el susodicho le dio su número, a lo que ella prometió llamarlo al día siguiente.
Éramos unas nenas, y ella se moría de vergüenza y como yo siempre fui muy cara dura y solidaria, me ofrecí a llamarlo en su nombre.
Al comienzo, le pasaba sus mensajes, le hablaba de lo maravillosa que era mi amiga y él me insistía que quería volver a verla o aunque sea, escuchar su voz. A lo cuál la tonta se negaba, por pura vanidad y no ya por vergüenza.
Los primeros 2 meses transcurrieron así, pero luego el niño empezó a llamarme cuando ella no estaba, acción que yo imitaba. Se que no tengo justificación, porque debí haberlo frenado. Pero en esa época era casi tan ingenua como ahora, y creí que estaba naciendo una tierna amistad.
Hasta que comenzó a llamarme 2 veces al día y solo hablábamos de las ganas que tenía de conocerme. Y ahí me avivé, pero ya me había enganchado en el jueguito. Siempre me costó salir airosa de situaciones semejantes.
Por esos años, mi madre me compraba toneladas de libritos de Corín Tellado, los cuáles me devoraba y ante esta situación, me sentía como la heroína de una de esas patéticas e inverosímiles “novelitas”, así que esta clandestina historia de amor platónico me hacía vibrar más que Andrea Del Boca y Grecia Colmenares. No podía decirle que no me llame más, ni mucho menos confesarle la traición a mi amiga.
Y como tanto va el cántaro a la fuente que se termina por romper, la muchachita que suscribe, se decidió a concretar este “amor”.
Siempre fui muy concreta y práctica, que tanto “gre gre” para decir Gregorio!. Accedí a juntarme con él un viernes a las 5 de la tarde en la Plaza más cercana a mi hogar materno. No ahondaré en detalles, porque ya saben como termina la historia…
En mi defensa solo aduciré que en esos años no sabía exactamente el significado de la amistad, leía muchos Corín Tellado y mi amiga se hacía rogar mucho.
Obviamente que luego de 3 meses de noviazgo clandestino, nuestro “amor” fue descubierto, y estalló una guerra civil entre el grupo de amigos.
Yo alegué que estaba enamorada y que no quería lastimarla.
La barra de amigos se dividió entre los soñadores que creían en el amor y entre los leales que apostaban a la amistad. Los primeros se pusieron de mi lado. Los segundos se fueron al bando contrario. Embanderada bajo el lema del amor que profetizaban Andrea y Grecia, me defendí con uñas y dientes, juré y perjuré que era el amor de mi vida y pedí clemencia.
No me dieron bola. Mi mejor amiga me propinó insultos intraducibles y me retiró el saludo hasta el día de la fecha.
Imagínense que con este panorama, no podía confesar que cuando cumplimos 6 meses de noviazgo, me había dado cuenta que lo único que sentía por mi primer amor, era solo la tierna amistad del comienzo. Y él se sentía tan culpable que, aunque sintiera lo mismo que yo, no podía dejarme. Me había peleado con la mitad de mis amigos por el y en una ocasión hasta tuvo que intervenir la policía y el juzgado de menores, por daños perpetrados contra la propiedad. Así que seguimos 2 meses más. Hasta que un día lo planté en la plaza y cuando él me llamó para saber que me había pasado me hice negar, a lo que mi primer amor, no volvió a llamarme nunca más.
Y así, sin más para contar, sufrí mi primer desengaño amoroso.
Supongo que será por esto que jamás perdonaré a mis amigas que se entonguen con mis ex, porque nunca me lo pude perdonar.
¡Qué complicada que es la mente femenina! Sabemos que las amigas son las únicas que pueden consolarnos y contenernos cuando un amor se acaba, pero si nos encontramos ante una situación similar a esta, no perdonamos la traición y la debilidad y somos capaces de hacer correr sangre para limpiar nuestro honor.
Que honor ni la mar en coche, mera vanidad y competencia amigas mías, solo eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Estoy atravesando una tremenda crisis

A saber:

- Me conmueven los discursos de los participantes de bailando, cantando y patinando por un sueño.
- Me conmueven los capitulos finales de Casi Angeles.
- Me parece sexi Osvaldo Laport.
- Me gustan las canciones de Miranda!
- Me aburren Petinatto, Pergolini y Dolina.
- El mate me da acidez.
- El chocolate me da alergia.
- El queso me parece soso.
- Silvio Rodriguez me parece deprimente.
- Me parece muy graciosa la publicidad de Kadicard.
- Pienso que la liberación femenina pasa por la adquisición de electrodomesticos.
- Hace meses que no descongelo la heladera, ni lustro los muebles, ni limpio los vidrios.
- Sigo sin entender la publicidad del fernet 1882.
- Estoy convencida que Gran Hermano esconde una verdad metafísica, antropológica y sociológica fundamental para entender el funcionamiento de la sociedad.

jueves, 8 de noviembre de 2007

¿Con qué vara se mide la belleza?


Todos los domingos voy a la casa de mi vieja a “tomar la teta”. El último domingo que estuve por allí, me dedique a leer una revista del corazón de la monarquía europea y las estrellas de Hollywood, que mi madre celosamente atesora. Porque aunque mi vieja se haga la culta, y no se dedique a chusmear la vida de Wanda Nara, Cinthia Fernández o Mariana de Mello, se dedica a inmiscuirse en los sinsabores sentimentales de la gente con glamour, todo esto porque ella sostiene que la cigüeña se equivocó y la tendría que haber dejado en Buckingham y no en Villa Ascazubi.
El asunto es que la revista contaba que la Jolie y Brad Pitt estaban atravesando una crisis porque ella no se quería casar con él. Esta tragedia, más que hacerme reflexionar sobre la crisis que están atravesando los fundamentos de la institución matrimonial, derivó en una serie de reflexiones mucho más banales.
Primero: ¿Por qué las minas no se quieren comprometer con Brad? La Paltrow le colgó la galleta, la Aniston se casó con él pero no quiso darle descendencia y ahora la Jolie le dio hijos pero no se quiere casar.
Yo le firmaría cualquier cosa a este señor.
Segundo: ¿Tendrá algo que ver lo lindo qué es? Porque si lo miramos desde ese punto, quizás pueda comprender a esas damas.
Digo, a mí me daría pánico tener un marido así de lindo, primero porque los celos me volverían loca, lo tendría atado a la pata de la cama para que no asome la nariz a la calle, o me dedicaría a perseguirlo día y noche, perdiendo la dignidad, el trabajo y mis amistades. Y segundo porque no me bancaría que dedique más tiempo que yo a arreglarse. Más porque le doy poca bola al arreglo que por otra cosa. De pedo que, además de bañarme y depilarme, me peino, porque tengo una tremenda melena rizada, y me da pudor andar por la vida mutada en Leono de los Thondercats (no se hagan las jóvenes, que bien que lo conocen).
La Vale, que destila glamour, se dedica largas horas a convencerme sobre la importancia del cuidado de mi belleza personal. El argumento más sólido que esgrime es que si una sale hecha una bruja a la calle, nos podemos cruzar a la vuelta de la esquina con el amor de nuestras vidas y lo perderemos sino estamos adecuadamente vestidas. Yo me defiendo diciéndole que si es el amor de mi vida, me va a querer aunque los colores de mis ropas no estén en composé, porque aunque a veces mi vestimenta no combine, siempre está limpita y sana. Pero ella argumenta que el señor puede ser el amor de mi vida, pero yo no ser el suyo, entonces es necesario conquistarlo y con esa traza lo más seguro es que el tipo se cruce la calle al verme. Y ahí la discusión da un giro interesante, le digo que yo ya he sufrido bastante como para ponerme a conquistar a un tipo que no me va a querer nunca, que para eso me dedico a otra cosa, que ya estoy mayorcita para perder el tiempo, entonces ella comienza con toda su filosofía sobre la importancia del amor, las ilusiones y la mar en coche. En fin, es una discusión de nunca acabar, que empieza con el asunto de que tengo que andar hecha una gatúbela las 24 horas del día y termina en que soy una desalmada que no cree en el amor.
La Noe, en cambio, que también es muy “top” a la hora de vestirse, es mucho más sutil. Se dedica a refregarme en la cara, lo arregladas que estaban las minas que me chorearon a mis novios, aunque yo era mucho más linda, más buena, más alegre y más inteligente que ellas. La muy turra me hace la psicológica. Termino absolutamente convencida que con un poquito de rimmel hubiera salvado mi noviazgo. Aunque nunca se lo reconozco, es la única estrategia válida para que me preocupe por mi traza. Y por un tiempo le doy bola al arreglo personal. Durante esta etapa (que no es muy larga porque me canso rápido de todo) me corto o me tiño el pelo, me compro ropa nueva, me pinto las uñas y adquiero zapatos muy incómodos pero con mucho estilo. Artículos que después me quedan y que inevitablemente termino vistiendo, porque es lo único que tengo para ponerme, pero ya no los luzco con la misma elegancia que cuando los compré.
Con toda esta perorata intenté explicarles porque no podría soportar a un metro sexual a mi lado. De pedo que me pongo crema en las piernas después de pasarme la depiladora, y me aliso el flequillo porque el rulo tupido en la frente me queda como el culo (también a mi sola se me ocurre cortarme flequillo con estos rulos, no se imaginan lo que parezco cuando hay humedad, no hay invisible que alcance).
Yo jamás podría asesorarlos en que es lo más conveniente que deben vestir para determinada ocasión (por ejemplo: no tengo idea que significa “elegante sport” ¿?), no me aguantaría que estén 3 horas en el baño parándose el jopo, que se acuesten a dormir con una mascarilla de baba de caracol (¡qué asco! Jamás me pondría en la cara ninguna secreción de ese bicho, ni de otro), que se decoloren los pelos y que se ocupen ¾ del placard con sus trajes, ordenados por color, textura y estación.
A mi me gusta el hombre natural, peludo, áspero. Me gustan más los tipos que se dedican a cultivar su intelecto, que a embellecer su exterior. Prefiero un señor con el que pueda charlar de algo interesante, a que tenga las manos suavecitas y las cejas depiladas.
Está bien, reconozco que tampoco me gusta el mugriento. Mi abuela sabiamente decía que la pobreza es de Dios, pero la mugre no.
Así que lo único que quiero es un muchacho limpito e interesante, nada más, no quiero lujos ni belleza. ¿Es mucho pedir? Yo creo no y que a medida que pasan los años más que conformarme con poco (como me dicen las malvadas de mis amigas), sé exactamente lo que quiero.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Más macho que un macho

En los últimos años la sociedad ha avanzado muchísimo, las personas parecen tener la mente más abierta a las cosas que no son “naturales”, parecen aceptar con total normalidad todos los cambios. Pero lo que más ha cambiado en los últimos años, es el lugar que la mujer ocupa en la sociedad actual. Hoy las mujeres desempeñamos el papel de “jefas” en nuestro trabajo, además de hacernos cargo de todos los quehaceres domésticos que tradicionalmente ejercemos, porque a pesar de que nosotras podamos realizar las tareas que antes estaban destinadas solo a los hombres, ellos aún no pueden hacerse cargo de las labores “exclusivamente” femeninas.
Todas las mujeres nos vanagloriamos de nuestro triunfo, lo defendemos con uñas y dientes, y algunas más maliciosas (entre las que me incluyo) criticamos a las compañeras que aún no han experimentado la vida que existe para nosotras fuera del lavarropas y las ollas, no desaprovechamos la oportunidad de incitarlas a delegar en su “maridito” las pequeñas delicias domésticas.
Pero aunque el feminismo esté tan de moda, aquí solo se trata de ser sinceras con nosotras mismas. Así que, queridas amigas, reconozcamos de una buena vez que somos más machitas que los hombres. Más de una vez me he sorprendido en una charla sobre varones con amigas y he escuchado frases como: “Es un divino, tan respetuoso y educado, me abre la puerta para que yo pase primero, me corre la silla, me lleva el paraguas cuando llueve, etc, etc.” Absolutamente todas podemos hacer estas cosas por nosotras mismas, y el hecho de que nuestro amado no lo haga no lo convierte en un patán, ni significa que no sea considerado ni respetuoso. Sin embargo nos encantan los hombres así. Quizás porque nos hacen sentir que les importamos, quizás porque nos sentimos protegidas.
En esta sociedad tan machista en la que vivimos, es condición fundamental de cualquier “buen hombre” brindarle seguridad a su bienamada, tanto hombres como mujeres proclamamos que el varón de la pareja es el que debe brindar la seguridad y la confianza necesarias para que la relación llegue a buen puerto. Porque las mujeres somos el sexo débil. Sin embargo es un secreto a voces que esto es una falacia total. Tanto “ellos” como “nosotras” sabemos que no somos más débiles, es más, en muchos casos somos más fuertes, esta comprobado científicamente que la mujer tiene más tolerancia al dolor físico que el hombre, por más que este esté atiborrado de músculos y una sea una gurrumina que cabe en la guantera de un fiat 600.
Sin embargo todos nos callamos, porque a todos nos conviene. Ellos no pueden perder ese tradicional lugar de poder (por más virtual que sea) que siempre han ocupado, y por lo tanto siguen haciendo todas esas pequeñeces que los hacen sentir que ellos mandan en la pareja. Y a nosotras... Ja! Nosotras si que la pasamos bomba, como podemos llorar sin ningún remordimiento por mostrar debilidad, usamos esas lagrimas para transformarnos en las victimas de todos nuestros desmanes. Total nosotras tenemos permitido llorar, en cambio ellos no. Y no son solamente ellos los que se prohíben la delicia de las lágrimas. Díganme si no existe algo más temible que un hombre, lleno de pelo en el pecho, con los tríceps inflados por la magia de las pesas, llorando sobre nuestro hombro cual magdalena, porque a la heroína de la película se le murió su cotorrita. Nos aterra la idea de que nuestro señor llore por todo, porque una cosa es que él sea sensible y otra cosa es que llore más que nosotras durante el último capitulo de la novela de las seis.
Así es, queridas mías, no nos gustan los llorones, los que ante el primer dolor de muelas lloran cual bebe en el periodo de la dentición. Queremos a alguien que nos abrace en las peores escenas de las películas de terror, no alguien que se tape los ojos hasta que nosotras les avisemos que ya paso la parte de la sangre.
Y no es que una quiera volver a la época de los trogloditas, cuando los hombres te llevaban de los pelos hasta la cama, pero hay algunas oportunidades en las que nos sentimos más cómodas en el papel de débiles. Total, nosotras y ellos siempre sabremos que somos más duras, que nosotras soportamos el dolor de un parto y aceptamos mejor las perdidas de cualquier índole: laboral o afectiva, porque hemos sido criadas en una sociedad en la que es privilegio solo de las mujeres el conectarse a fondo con los sentimientos, y sin ningún remordimiento ni vergüenza, expresarlos. En cambio los hombres no lloran, aunque tengan el corazón hecho añicos y los músculos paralizados por el miedo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Mis mujeres

Mis amigas son los seres más maravillosos que existen. Más porque aprendieron a aguantarme y a quererme que por otra cosa.
Podría pasarme días enteros describiéndolas, contándoles como es tener amigas como las mías. Pero solamente me entenderían si las conocieran.

La primera amiga que tuve fue la Vale. La Vale destila glamour por donde pasa. Es rubia, pero rubia natural. Tiene unos ojitos achinados, que casi desaparecen cuando se ríe. Se ríe mucho la Vale.
Es licenciada en administración de empresas, inteligente y trabajadora.
Por suerte casi no conoce lo que es sufrir por amor. Tiene un novio hecho a su medida. Reconozco que para mí, nadie es merecedor de mis niñas, pero Martín se acerca bastante a lo que sueño para ella.
A la Vale le gusta bailar, es salidora y divertida.
Pero por sobretodo es amiga mía desde los 4 años. Yo siempre le digo que ninguna de las dos va a encontrar un tipo que nos aguante más de lo que nos hemos aguantado nosotras. Primero fuimos vecinas, después hicimos todo el Colegio juntas y eso nos volvió inseparables.
Los mejores recuerdos que tengo de la infancia los corona la presencia de la Vale.
Hoy vive en Buenos Aires, se acaba de comprar un departamento en la Av. Libertador con Martín, con mucha suerte la veo una vez al mes. Pero cuando nos vemos nos divertimos siempre, nos ponemos al día, nos abrazamos y nos besamos tanto que nos alcanza para todo el mes que no estamos juntas.

La segunda que conocí es la Flaca. La Laurita fue compañera de la Vale y mía de la Escuela. Siempre fue todo un personaje. Dulce, muy dulce, pero muy divertida también. Todas mis chicas son divertidas.
Es profe de educación física, tiene un culo increíble, que le nace casi desde la nuca. Tiene un Pilates muy “top” en barrio Jardín.
Hace un mes que se mudo con Pablín, su novio. Es más chiquito que ella y para mí debe agradecer a Dios que la Flaca esté tan enamorada de él. Es buen pibe, pero no se si para la Flaca. La Lau es demasiado emprendedora y bastante ahorradora y su maridito es medio despilfarrador. Pero hace 6 años que la quiere. Yo ya no me la imagino sin Pablín. Aunque ella últimamente viene siendo asaltada por malos pensamientos y deseos reprimidos de ponerle los cuernos, cosa que a pesar de mis insistencias, nunca concreta.

En la tierna adolescencia la conocí a la Noe. Qué puedo decirles de la Petiza. Es una de las mejores mujeres que conocí en mi vida. Me entiende como nadie, le puedo decir la peor barbaridad y ella no se horroriza por nada ni me juzga jamás.
Parece una nena, le gusta la ropa con florcitas y los pantalones bordados. Es fanática de las cremas, se pone 5 clases distintas en el pelo.
Es tímida, demasiado para mi gusto y medio secota también, yo siempre le digo que es como una araña y que aunque sea mala, la quiero igual. Ella se defiende diciendo que no es mala, sino sincera, que dice lo que todos piensan y nadie se anima a decir.
Tiene un negocio de ropa, que atiende personalmente, todas sus clientas la quieren enganchar con sus hijos.
Estudió 3 años de psicología. Siempre tiene la palabra justa en el momento indicado. Le gusta la música vieja y no tiene suerte con los hombres, no por falta de candidatos, sino porque todos son más “dormidos” que ella. Así que imaginen cuanto le cuesta concretar. Yo creo que no existe el hombre que se merezca semejante mujer.

La Vicky es un caso perdido. Esta casi tan loca como yo. Tiene una hija que se llama Josefina que parece una muñeca, y el Jhony, su marido, es fanático perro de Instituto. El flaco le tiene un aguante digno de admiración. Siempre decíamos que si nos terminábamos quedando solteras, nos íbamos a ir a vivir en concubinato y que íbamos a ser una viejas verdes. Ahora me voy a tener que buscar un marido.
Todas mis anécdotas más disparatadas las viví con ella. Antes de casarse era mi compañera de aventuras.
Es fanática de Charly García, no le importa mucho su apariencia y cuando estaba soltera tenía un extraño look, mezcla de rolingo y hippie chic.
Inventábamos canciones, tomábamos sol desnudas en una casa abandonada de su familia y los sábados a la noche metíamos los pies en la fuente de la plaza de la Municipalidad.
Es creativa, medio vaga y está obsesionada con la tos de la Josefina.

Por último viene la Aly, mi hermanita la menor, tiene 2 años menos que yo. Esa si que es la peor de todas o la mejor, depende del cristal con que se la mire. Tiene un bebe, el Emiliano, que es el hombre de mi vida. Está casada con el Damián, que aunque es medio hosco y estructurado, es muy bueno y la quiere mucho. Son el agua y el aceite.
La Aly es muy muy muy simpática y divertida. Le gusta organizar festejos por cualquier cosa, es perseverante y tiene muchos amigos.
Es miedosa y vaga. De chica era muy mentirosa y le tenía miedo al sonido de la sirena de la ambulancia, con mi hermana mayor la asustábamos diciéndole que íbamos a llamar a Ecco sino hacía lo que le pedíamos.
Siempre fue mi compinche, mi cómplice. Y aunque ya es una señora casada, para mí sigue siendo la nena que jugaba conmigo a las barbis.

Se que muchos de ustedes deben tener amigas así, y temo no haberles hecho el honor que se merecen al describirlas, pero ellas son sostén, guía, incentivo y consuelo.
Son una parte mía. Y aunque es una cursilería lo que voy a decir que roza el lugar común, yo no sería quién soy si me faltara alguna de ellas.