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Más macho que un macho

En los últimos años la sociedad ha avanzado muchísimo, las personas parecen tener la mente más abierta a las cosas que no son “naturales”, parecen aceptar con total normalidad todos los cambios. Pero lo que más ha cambiado en los últimos años, es el lugar que la mujer ocupa en la sociedad actual. Hoy las mujeres desempeñamos el papel de “jefas” en nuestro trabajo, además de hacernos cargo de todos los quehaceres domésticos que tradicionalmente ejercemos, porque a pesar de que nosotras podamos realizar las tareas que antes estaban destinadas solo a los hombres, ellos aún no pueden hacerse cargo de las labores “exclusivamente” femeninas.
Todas las mujeres nos vanagloriamos de nuestro triunfo, lo defendemos con uñas y dientes, y algunas más maliciosas (entre las que me incluyo) criticamos a las compañeras que aún no han experimentado la vida que existe para nosotras fuera del lavarropas y las ollas, no desaprovechamos la oportunidad de incitarlas a delegar en su “maridito” las pequeñas delicias domésticas.
Pero aunque el feminismo esté tan de moda, aquí solo se trata de ser sinceras con nosotras mismas. Así que, queridas amigas, reconozcamos de una buena vez que somos más machitas que los hombres. Más de una vez me he sorprendido en una charla sobre varones con amigas y he escuchado frases como: “Es un divino, tan respetuoso y educado, me abre la puerta para que yo pase primero, me corre la silla, me lleva el paraguas cuando llueve, etc, etc.” Absolutamente todas podemos hacer estas cosas por nosotras mismas, y el hecho de que nuestro amado no lo haga no lo convierte en un patán, ni significa que no sea considerado ni respetuoso. Sin embargo nos encantan los hombres así. Quizás porque nos hacen sentir que les importamos, quizás porque nos sentimos protegidas.
En esta sociedad tan machista en la que vivimos, es condición fundamental de cualquier “buen hombre” brindarle seguridad a su bienamada, tanto hombres como mujeres proclamamos que el varón de la pareja es el que debe brindar la seguridad y la confianza necesarias para que la relación llegue a buen puerto. Porque las mujeres somos el sexo débil. Sin embargo es un secreto a voces que esto es una falacia total. Tanto “ellos” como “nosotras” sabemos que no somos más débiles, es más, en muchos casos somos más fuertes, esta comprobado científicamente que la mujer tiene más tolerancia al dolor físico que el hombre, por más que este esté atiborrado de músculos y una sea una gurrumina que cabe en la guantera de un fiat 600.
Sin embargo todos nos callamos, porque a todos nos conviene. Ellos no pueden perder ese tradicional lugar de poder (por más virtual que sea) que siempre han ocupado, y por lo tanto siguen haciendo todas esas pequeñeces que los hacen sentir que ellos mandan en la pareja. Y a nosotras... Ja! Nosotras si que la pasamos bomba, como podemos llorar sin ningún remordimiento por mostrar debilidad, usamos esas lagrimas para transformarnos en las victimas de todos nuestros desmanes. Total nosotras tenemos permitido llorar, en cambio ellos no. Y no son solamente ellos los que se prohíben la delicia de las lágrimas. Díganme si no existe algo más temible que un hombre, lleno de pelo en el pecho, con los tríceps inflados por la magia de las pesas, llorando sobre nuestro hombro cual magdalena, porque a la heroína de la película se le murió su cotorrita. Nos aterra la idea de que nuestro señor llore por todo, porque una cosa es que él sea sensible y otra cosa es que llore más que nosotras durante el último capitulo de la novela de las seis.
Así es, queridas mías, no nos gustan los llorones, los que ante el primer dolor de muelas lloran cual bebe en el periodo de la dentición. Queremos a alguien que nos abrace en las peores escenas de las películas de terror, no alguien que se tape los ojos hasta que nosotras les avisemos que ya paso la parte de la sangre.
Y no es que una quiera volver a la época de los trogloditas, cuando los hombres te llevaban de los pelos hasta la cama, pero hay algunas oportunidades en las que nos sentimos más cómodas en el papel de débiles. Total, nosotras y ellos siempre sabremos que somos más duras, que nosotras soportamos el dolor de un parto y aceptamos mejor las perdidas de cualquier índole: laboral o afectiva, porque hemos sido criadas en una sociedad en la que es privilegio solo de las mujeres el conectarse a fondo con los sentimientos, y sin ningún remordimiento ni vergüenza, expresarlos. En cambio los hombres no lloran, aunque tengan el corazón hecho añicos y los músculos paralizados por el miedo.

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