jueves, 27 de noviembre de 2008

No sabe lo que se pierde, hasta que lo tiene otro

Y después dicen que las complicadas somos nosotras. Nos acusan de gatas floras, de no saber lo que queremos…
¿Y por casa como andamos?
Los hombres son peores que nosotras, si no fijensé que es lo que pasa cuando una, que a pasado una larga temporada en agónica soltería, consigue un “amorcito amor” que se ocupa de tenerla bien atendida, ahí mismo parece que se avivan de que una existe y de que encima ¡esta buena!
Vos que dedicaste largas horas y una grandiosa cantidad de dinero en productos de belleza para tener el pelo y la piel brillante y suave, renovaste tu guardarropas y asististe a cuanto evento socio-cultural te invitaron, con el solo objetivo de pasear ese cuerpito que Dios te dio, y de paso cañazo repartir tu curriculum entre los señores asistentes a la velada, por si encontrabas algún interesado en solicitar tus servicios de novia furiosa. Solo te faltaba colgarte un letrero luminoso con la leyenda: “Busco marido, novio, amante o lo que venga”
Y nada che, los tipos parecían no registrarte, como si fueras invisible.
Pero de repente un día, los planetas se alinean en la orbita de Venus, Cupido y su señora madre Afrodita te bendicen, y los diez meses que tuviste patas para arriba a San Antonio, finalmente redundan en que un señor muy gauchito, buen mozo y que te hace reír, se da cuenta que existís, y que quiere disfrutar de tu grata compañía.
Entonces parece que el solo hecho de que él te haya visto, te volvió visible para el resto del genero masculino, que sin que vos hayas cambiado absolutamente nada de nada (porque no engordaste ni adelgazaste, no te cambiaste el peinado, ni volviste a renovar el guardarropas) se da cuenta que estas buena, que sos divertida, y hasta quien te dice inteligente.
Y todos aquellos que archivaron tu curriculum en una caja llena de papeles viejos e inservibles, lo rescatan, le sacuden el polvo, y pretenden presentar su pliego a licitación.
¿Qué corno les pasa?
¿Será cierto nomás que el amor y el buen sexo, te dan una hermosura que no la logra ninguna crema ni tratamiento de belleza?
¿O será que una cuando esta enamorada segrega alguna hormona que despide algún olor especial, que atrae a los hombres?
¿O será que los tipos son como esos niños que no quieren jugar con un juguete, pero que cuando lo agarra otro nene, ahí si quieren jugar con ese camioncito?

jueves, 20 de noviembre de 2008

Pólvora en chimangos


La mente femenina es uno de los grandes misterios de la humanidad, y como últimamente me está dando por solidarizarme con el genero masculino (Y no es que antes haya sido feminista y ahora devine en machista) he aquí un ejemplo muy común de lo que piensan las mujeres mientras van caminando por la calle:

“Hoy va a hacer un calorón insoportable
Al mediodía ¿qué hago con el saquito?
¿Estará todavía en mi oficina la bolsa en la que llevé la carpeta de la rendición del Ministerio?
¡Cómo me duele la muela! Me cepillé para el cul…los dientes.
Tengo que acordarme de llamar a la dentista
¡Ah! Y llamar por los papeles para renovar el contrato de alquiler
¿Cuánto me quedará de crédito en el celu? Debo tener re poco
Eso me pasa por gastarmelo en llamarlo a aquél otro infeliz.
No lo llamo nunca más
Qué me llame él si quiere hablar conmigo
¿Y qué le digo si me llama?
¡Ah! Ya sé: “Sos un caradura, porqué…”
No no no. Mejor no. Va a pensarse que estoy enojada, y que por ende me importa.
Porqué estoy enojada, pero no me importa
¿No me importa?
Mmmmm….
Tienen razón las chicas. ¡Quien me manda a mi a meterme con tipos tan complicados! La boluda soy yo.
¡Qué hija de pu…! Mirá el culo que tiene esa mina. Yo con ese culo no me pongo ese pantalón.
Mmmmm…Pero mirá que lindo el nene ese
Y la mina horrible, por más que tenga ese culo!
Viste? Porque ella si ¿Y yo no puedo engancharme uno como la gente?
¡Qué lindas sandalias!
Si, pero no tengo nada que me combine.
Me puedo comprar una remera de ese color.
No no, mejor dejo de gastar plata en boludeces.
Tengo que hacer arreglar el termotanque, larga mucho olor a gas.
Un día de estos voy a llegar, a prender la luz y va a explotar todo.
No conozco ningún gasista.
¿A quién le puedo preguntar?
No voy a meter a cualquier tipo en mi casa.
Mmmmm….pero ¿mirá si es como el técnico de internet?
Estaba bueno el tipo, lastima el peinado”

Y podríamos seguir así incansablemente. Ya sé, está línea de pensamiento no tiene una secuencia lógica, pero acá no se trata de entender la lógica femenina, la idea acá es ejemplificarles el funcionamiento, porque intentar comprenderla sería gastar pólvora en chimangos.

viernes, 14 de noviembre de 2008

¿Te quiero a pesar de lo que sos?


Según la convención social, el rito del noviazgo viene siendo más o menos así:
Una conoce una persona, le gusta, hay química o piel (cómo más les guste) empezás a salir, te divertís y encima te llevás bien.
Este conjunto de sensaciones empiezan a hacerse más fuertes y un día, así sin más, te das cuenta que te estás enamorando.
Los planetas se alinean a tu favor ya que al otro le pasa lo mismo, y finalmente te ponés de novio (por así decirlo, porque pasando los 30 “ponerse de novio” suena infantil ¿no?)
Hasta acá vamos bien, todo marcha viento en popa, y el amor in crescendo.
Pero de repente todas aquellas cosillas maravillosas que tenía nuestro amado y que lo hacían sencillamente único, además del ser más tierno que jamás habitó el plantea tierra (Si, generalmente a las mujeres, al principio de la relación, los defectos de nuestro hombre nos parecen tiernos, después son peor que una gastritis) comienzan a molestarte. Cosa que no es exclusivamente femenina, pero si se da en mayor proporción entre las feminas.
Pero como estás metidísima, y bajo ningún concepto pensás dejarlo, se te ocurre la brillante idea de moldearlo a tu imagen y semejanza.
Y cómo quien no quiere la cosa, empezás a regalarle ropa, pero ropa que te gusta a vos y que no es para nada el estilo de tu bien amado.
Pero como bien sabemos que cambiar estéticamente no necesariamente implica un cambio interno profundo, vamos por más.
Así que ¿Qué hacemos? Le regalamos discos y libros que (de vuelta) nos gustan a nosotras, y que son maravillosos regalos, pero como se trata de representaciones artísticas que conllevan cierta ideología de base, es evidente que lo que intentamos es incidir en su cosmovisión del mundo.
Sin embargo, si se trata de artistas y autores que él no conocía y que descubre gracias a vos, y encima le gustan es un golazo. Pero si ya los conocía y no le gustaban estamos ante un problemón.
Pero no contentas con esto, lo invitamos al cine a ver películas o documentales de autor, a conciertos, a obras de teatro, a las cuales él jamás hubiera ido por motus propio, pero se las banca solo para darte el gusto.
A todo esto, él ya se empezó a dar cuenta que vos estás intentando –ilusamente- incidir en ciertos rasgos de su personalidad. Entonces empieza a hacer lo propio. ¿Y que hace una si está enamorada hasta la médula y sabe que para que las relaciones de pareja funcionen hay que compartir y hacer ciertas concesiones? Se la tiene que mamar.
Y si vos lo llevás a un concierto de Pedro Guerra, te tenés que bancar que él te llevé a un recital de Hermética.
Yo me pregunto… Si lo que querías era un tipo que pensara y actuara como trabajador social, ¿por qué te enganchaste con uno que es ingeniero químico?
Cómo bien dice una amiga mía: “Lo conocés verde, te lo comés verde y lo cagás verde. No pretendás conocerlo verde y que de golpe se convierta en violeta, porque no va a pasar”
Además, estoy convencida que cuando pretendemos cambiar a la persona que amamos, si tenemos éxito, se va a convertir en otra totalmente distinta, y por consiguiente va a dejar de ser esa persona de la cual nos enamoramos.
Entonces: ¿no será mejor, antes de proyectar una pareja con alguien, saber que es lo que nosotros queremos y esperamos de esa relación?

sábado, 8 de noviembre de 2008

Me enseñaste de todo, excepto a olvidarte

Es innegable que mi casa es un matriarcado, y que cuando la Reina Madre no está, la organización familiar toma ribetes extraños, nadie sabe a ciencia cierta que rol ocupa, ni como hacer para seguir a pie juntillas las instrucciones que mi vieja ha diseñado estratégicamente para el normal funcionamiento de la casa.
Hace 15 días mi señora madre se fue a visitar a su hermano que vive en España, y mi hogar materno se convirtió en un desconche total, literal y metafóricamente hablando.
Mis hermanas han etiquetado la comida que está en la heladera con leyendas donde se expone claramente quien es la propietaria de la misma, y cuanto vale si nos queremos comer una rodaja de queso, un tomate o una mandarina, pongámosle. Es así que aquel que pretenda comer en la casa de mi madre, ahora que no está, debe llevarse su propia comida.
Mi sobrino de tres años y el perro se niegan a comer.
Mi viejo, pobre mi alma, además de haber extremado su hipocondría natural, ha cambiado totalmente su rutina. Por la mañana se levanta, hace las compras, cocina, al mediodía va a buscar a mi sobrinito a la guardería, le da de comer y la espera a mi hermana mayor (su tía, porque la madre del pequeño retoño vuelve de laburar a las tres) que lo acuesta a dormir la siesta. A la tarde se va cumplir con sus obligaciones laborales, y a la nochecita, luego de comer lo primero que encuentra en la heladera (porque mis hermanas, a él y a mis sobrinos, no le niegan la comida) riega las plantas y se plancha la camisa para el día siguiente.
Sin embargo cuando mi mamucha llama, nadie expresa ni una sola queja, le decimos que la extrañamos, que se tome los remedios de la tensión, que saqué fotos y que más vale que vaya a Francia. Mandamos besos para el resto de la familia ampliada que reside en las Europas, cortamos y el desconche sigue latente, a punto de explotar si alguno se corre dos centímetros de su puesto de vigilancia del Castillo, hasta que la Reina Madre regrese, y el caos organizado vuelva a reinar en el hogar donde crecí.

domingo, 2 de noviembre de 2008

El silencio es salud


En ciertas ocasiones las mujeres no queremos verdades. Y no se vengan a hacer las superadas, saquémonos las caretas chicas.
Figúrense esta situación:
Vos tenés fuertes sospechas (infundadas) que tu amado inmortal te está cuerneando con alguna mujer de su circulo laboral. Después de hacerte la boluda (cosa que nos encanta a las minas y para las que somos mandadas a hacer) un largo tiempo, porque sabemos a la perfección que los celos injustificados son malísimos para la pareja, pero viendo que ya no podemos seguir negando el derrumbe de nuestro “hogar dulce hogar” (derrumbe que solo existe en nuestra cabeza), lo increpamos durante la cena (otra de las cosas que nos encanta a las mujeres: los escándalos durante las comidas, para que al otro le quede atravesada la pata de pollo en la gola. Y si existe la justicia divina, le salga una ulcera en el estomago). Y con un grito ahogado le escupimos: “Dale! Decime la verdad, te estás acostando con Menganita? Eh? No me mientas a mi! Te creés que no me di cuenta? Decime la verdad!” Y él te dice con el bocado sin masticar y atravesado en la traquea: “Si!. Querías la verdad?? Si! Y no solo me coj…a ella, también a Fulanita y Sultanita”
¡¡¡¡NO!!!! No queríamos la verdad, queríamos ponerlo en una situación extrema y que él, con su mejor cara de pollito mojado nos dijera: “No bichi, nada que ver. Si vos sos la mujer de mi vida. Sería incapaz de mirar a otra”. Así comprobamos que la base de nuestro “Ingals ´s Home” sigue sólida.
Pero no, lo ponemos entre la espada y la pared, y tanto pinchamos que él termina desembuchando solo para no escucharte más, porque los hombres saben que si quieren dejar de discutir tienen que darnos la razón, hacer mutis por el foro hasta que nos calmemos para después poder hablar civilizadamente.
Obviamente que este es un caso extremo de paranoia, pero lo mismo sirve para ejemplificar lo que quiero decir.
Sin embargo, señores, hay ocasiones en que es mejor no darnos la razón. Es como cuando una hace comentarios del estilo:
- “Estoy gorda”
- “Esta ropa me hace petisa”
- “Tengo el pelo pajoso”
- “Me salió muy picante la comida”
- Etc., etc., etc.
No queremos la verdad, ni siquiera queremos un: “Vos sos divina igual” “Tengo un hambre bárbaro, para mi está riquísimo” Porque eso implica que tenemos razón, y que por consiguiente estamos gordas, con el pelo destruido y que encima cocinamos mal.
Hombres del mundo, hay ciertas situaciones en donde lo más sano es el silencio, corten el canal de comunicación, sintonicen otra frecuencia, pero mírennos con cara inmutable (ni un gesto de aprobación, o de desconcierto, nada de nada), para que nosotras pensemos que nos están escuchando y que están procesando la información para darnos una respuesta cuando la tengan. Porque nosotras somos las más felices del mundo pensando que ustedes no se fijan en esas cosas y que si no nos dicen nada, es porque realmente no se han dado cuenta que estamos hechas perchas, ya que a ustedes solo les importa nuestra mente y alma.
¡No nos rompan las ilusiones caramba! Y nosotras, de una buena vez por todas, dejemos de reclamar verdades que no queremos escuchar. Porque bien se sabe que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.