viernes, 4 de diciembre de 2009

De cómo no vas a venderle un vestido a nadie en tu perra vida


Venderle ropa a una mujer es todo un arte. Porque estamos hablando de que tenés que convencer a seres competitivos, indecisos e insatisfechos de que algo le queda tan divino que los hombres se van a desmayar a su paso y de que a la vez desatará la envidia más descarnizada de cada mujer que pise este planeta.
La regla más básica (pero tal vez la más complicada de que resulte convincente para la potencial compradora) es asegurarle con tu mejor cara de que sos la dueña absoluta de la verdad, de que si algo la corta al medio de lo ajustado que le queda, va a “ceder” con el uso, o en el caso de que esté embolsada adentro de una prenda, va a “encoger” cuando la lave.
Sin embargo siempre existe una excepción que confirma la regla y me lo topé esta tarde.
Hoy cuando volvía del trabajo, pasé por la puerta de un local de ropa para mujeres y tanto en la vidriera como dentro de los exhibidores del local, se disponían muchísimos vestidos del mismo modelo pero de distintos colores, uno más lindo que el otro, así que no pude resistirme y entré a probarme alguno, decidida a llevarme uno.
Luego de examinar uno por uno para elegir que color de vestido era el que me gustaba más, elegí 3 para probarme. Uno blanco y negro, otro rojo y negro y uno negro liso y llano. Cuando le comunico mi decisión a la única vendedora que había, está me mira y me escupe con ceño fruncido: “Mmmm…me parece que este talle es chico y después se cortan los hilos y tengo que estar repasando las costuras”. Yo estupefacta, estaba a un paso de revolearle los vestidos en la cara y decirle que se los introduzca por el esternón, pero tuve una idea mucha mejor.
Como yo sabía que esos vestidos me entraban a la perfección, me metí lo mismo al probador, y una vez que me calzaba el vestido, salía del cubículo de tela para mirarme en el espejo desde más lejos, enrostrándole que dicha prenda parecía estar hecha a mi medida, pero la criticaba abiertamente. Lo hice con los 3 vestidos: el negro era muy escotado, el blanco se transparentaba y el rojo era corto.
Una vez que terminé con el desfile, se los entregué hecho un bollo diciéndole burlonamente: “No, no tienen buena confección. Igual gracias”
Y me marché para no volver nunca jamás, pero con la frente bien en alto