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Un tropezón no es caída


Ya no les puedo seguir mintiendo, después de tantos años juntos, creo que ha llegado el momento de sacarme la careta ante ustedes y confesarles que si hay algo que me ha caracterizado es que de bien que voy caminando, me doblo el tobillo o me caigo, o las dos cosas: una como consecuencia de la otra, claro está no.
Muchos lo atribuyen a que quizás el astigmatismo oblicuo biolateral que tengo provoca que no pueda medir las distancias correctamente.
Otros sostienen que capaz que debería hacerme ver del oído interno porque tal vez tenga algo que me está afectando el equilibrio.
Los menos sostienen que como ya tengo 15 esguinces en cada tobillo (y no estoy exagerando eh!) una fractura y una dislocación de hueso, los ligamentos están como hechos chicles, por eso con el solo hecho de pisar una baldosa floja se me dobla el pie.
Para serles sincera, yo creo que es una mezcla de todo y mucho de atolondrada también. Porque gente linda no sufro grandes accidentes, ya que ante todo soy cobarde, vaga, tengo vértigo y soy ojota para los deportes.
Es más bien como que no puedo controlar mi cuerpo, se imaginan que a esta altura de mi vida ya me pasa de vieja chota, porque en la adolescencia podía ser que fuera hasta que me acostumbrara al estirón que pegó mi cuerpo (que te digo que tampoco fue “El Señor Estirón” y que lo tuve a los 14 y ahí me quedé)
Y no es que nada más me pasa que voy caminando por la calle y de repente desaparezco del lado de mi acompañante, adentrándome en las fauces de algún pozo o huequito, sino que además tengo manos de manteca, todo lo que toco se rompe, y no es porque tenga una fuerza descomunal que no sé controlar y que por lo tanto se me estallan las cosas en las manos al apretarlas, simplemente se me caen o las golpeo con otros objetos contundentes y se rompen, así sin más, y sin que yo me dé cuenta que están en peligro.
Tengo como una especie de dislexia corporal.
El tema no es solo el peligro que corren mis huesos y articulaciones, sino también los papelonazos que protagonizo al caer en lugares insospechados y ante la mirada estupefacta de los presentes, que no pueden acreditar que me haya pegado semejante golpazo de una manera tan tonta y no saben si estallar en carcajada o llamar a una ambulancia. Como será que mi hermana la menor, siempre me dice que cuando me caiga delante de mucha gente, me haga la desmayada, y cuando me levante del piso derrame lagrimas de dolor, para que por lo menos no se rían en mi cara.
Menos mal que ahora tengo a mi lado un hombre que me sostiene fuerte al caminar, que si me caigo va corriendo a comprar antiinflamatorios y a ponerme hielo, y que como no le importa lo material me perdona si se me rompen las cosas.

Comentarios

  1. Ahhh, ¡me encantó el final! ¿Ves? No hay caídas con una hombre que te ama al lado. ¡Qué lindo!

    Un beso grande.

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  2. Soy fiel testigo!!! Y para mí, es por atolondrada! Igual, mejoraste mucho con el tiempo.
    Pero, sin desmerecer a ese afortunado hombre que tenés al lado, yo también te he ayudado a levantarte y me he reido sin parar de tus caidas!
    Te quiero amiga!

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