jueves, 10 de febrero de 2011

Hablando se entiende la gente


Como buena comunicadora que soy, estoy convencida de que la comunicación es una de las bases fundamentales para el normal funcionamiento de cualquier relación, y por lo tanto la manera de comunicarnos define la relación que se mantiene con otra u otras personas.
Existen relaciones en las cuales la comunicación es superficial, cuando no es casi nula, donde nadie dice lo que le pasa, lo que le molesta, dejando que las cosas decanten por su propio peso y que lo que tenga que ser será y sino a otra cosa mariposa. Para mi, eso denota desinterés por sostener la relación. Está bien que uno no puede remar para arriba en cascada de dulce de leche, pero tampoco te podés quedar sentada de brazos cruzados esperando que las cosas te caigan del cielo. Porque las relaciones son de a dos como mínimo y se trabajan día a día.
Y las hay donde hasta la menor y más absurda nimiedad se somete a un debate exhaustivo y riguroso con tintes de consulta popular, donde en pos de solucionar una situación de manera democrática y conversando como gente adulta se enredan demasiado en palabras y nunca falta un comedido que se mete a opinar pero al final termina enroscando más las cosas. Sin olvidar que el comedido siempre termina mal parado, porque los de afuera son de palo. Y nadie tiene la suficiente autoridad moral para decirle a los demás que es lo que tiene que hacer. Como bien dice el negro Dolina: “A veces hay cada Fiscal del Universo con escribe vaca con b”
Ambos extremos son malos. Hay que aprender a encontrar un equilibrio. No podemos andar por la vida creyendo que todo está sujeto a un designio sagrado y que las cosas pasaran solas. Ni tampoco podemos andar buscando distintas opiniones sobre un problema personal, cual si fuera una junta médica. Porqué nada sucede porque si y de una vez y para siempre, y porque nadie mejor que uno sabe que es lo que quiere para si mismo.