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Desmembranzas


Cuentan los que saben que era un tipo alegre, despistado y con tendencia a deberle a cada santo una vela, hecho que no lo acobardaba a la hora de salir de juerga por las tabernas de la zona de influencia de la capital. Porque no solo era el alma de la fiesta, sino que además no había nadie que no lo quisiera. Si no estaba zapando con los muchachos, seguro estaba enredado en el edredón de un algún bulín con una señora bien, de esas que van a misa los domingos con su mejor vestido y el marido trajeado, colgándole del brazo. Es que Nazareno Salgado era un tipo famoso, era el panderetero de Sandro. Aunque la cosa se puso jodida después del “incidente”.
Cuenta la leyenda que el Naza, como le decían los cumpas de la banda – y hasta el mismísimo Roberto Sánchez- estando de gira por los Países Bajos fue víctima de una especie de abducción extraterreste cuando se sentó en un baño químico a hacer lo segundo y un extraño ser – salido de las fauces mismas del inodoro- lo poseyó metiéndosele por la extremidad inferior de la vía de desagote que le atraviesa todo el tronco, llevándoselo con retrete y todo.
La banda, luego de esperarlo un buen rato y golpearle en reiteradas oportunidades la puerta de la casilla de plástico, se decidió a abrir el toilette, dándose con este extraño escenario, a saber: no se encontraba ni Nazareno ni el inodoro, pero tampoco existía ningún hueco que denotara que había huido sin que fuera visto, además ¿Para qué se iba a llevar el inodoro?. Simplemente el panderetero y su trono se habían esfumado.
¿Se habían desintegrado? ¿Qué había pasado en ese cuartito de plástico? Nadie sabía, pero no sé supo más nada de él.
Sin duda alguna había una larga lista de candidatos a tocar el instrumento membranofono que tan famoso lo había hecho al hijo de don Salgado, así que al Gitano no le costó mayor trabajo reemplazarlo y continuar con la gira.
Los que lo extrañaron –eso sí hay que decirlo- fueron los compinches de juerga: “Es que con la fama del pandereta ligábamos todos”. Y más de una señora bien, enjugaba alguna lágrima -velada a través de la mantilla de misa- cuando en la puerta del atrio lo recordaba algún vecino malavenido.
Y como todas las cosas de la vida que no tienen explicación, a los tres meses ya nadie se acordó del asunto ni de Nazareno, ni la banda, ni los cumpas, ni las amantes… Es como si el panderetero nunca hubiera existido.
Sin embargo una tarde de julio ocurrió el milagro. Como siempre que el diablo mete la cola, en el Valle de Iglesia se levantó un terrible viento zonda que a más de una vieja le recordó los calores vividos con el revoleo de ingle del Gitano, la cosa fue que en medio de un remolino de tierra y fuego, apareció por arte de magia Nazareno Salgado. Estaba igual, no solo no había envejecido ni cambiado físicamente -a pesar de los años transcurridos- sino que hasta tenía puesta la misma ropa en el mismo estado de cómo la vestía en el momento de la abducción.
Eso sí, ya no sonreía, hablaba poco y nada, y no creo que pensara mucho más allá de eso tampoco. Las matronas del poblado decían que los extraterrestres le habían fritado el cerebro, que tanto lo habían estudiado que: “Segurito le sacaron los sesos y lo han devuelto vacío”.
El caso es que Don Nazareno se instaló ahí mismo donde lo dejaron, en el dique cuesta del viento. Convirtiéndose en uno de los fundadores de la comunidad rasta que organiza campeonatos de windsurf en esas aguas, y donde además se dedica a escribir los guiones de los programas especiales sobre OVNI´s que conduce Chiche Gelblung y cultiva yuyitos adormecedores para ver, si en una de esas, se pega un viaje astral y se va a tomar unos mates con los SuperSónicos.

Comentarios

  1. Me encanto!!! Atrapante, muy bien escrito. Quiero otro!!!

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