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Durmiendo con el enemigo


Emilia cuidaba su jardín de geranios con tal alborozada dedicación que compararlo con el Edén sería una falta de respeto. Regaba, fregaba y hasta trasplantaba. Pero nunca cortaba yuyos rastreros… “Qué raro que no haya ni uno, no?” Es que la jardinerita no sabía que perdida en su pequeño paraíso floral tenía una Venus Atrapamoscas, una de las más conocidas variedades de plantas carnívoras, que producto de la dedicación de Emilia había crecido sin una mísera hormiga alrededor y desarrolló como mecanismo de supervivencia el vegetarianismo. Era por eso que no había yuyos, se los comía todos la Venus.
Dionaea muscipula (tal era su nombre de pila) era la planta más popular y querida del oasis, no solo por las plantas florales que se veían beneficiadas por los hábitos alimentarios vegetarianos de la planta carnívora, además tenía unos colores y unas texturas que hacían las delicias de quien se paraba a admirar el jardín.
Pero nunca lo bueno dura para siempre y durante un periodo de sequia, con poca maleza para comer y famélica de hambre, Dionaea no pudo contenerse y sin mediar masticación alguna, se mandó al buche a la Margarita. La primera noche no pudo dormir del cargo de conciencia, encima las demás flores le hacían el vacío. Pero como toda vergüenza alimentada en soledad, su remordimiento se fue transformando en resentimiento, y cada noche, cuando todas las plantas dormían, la planta carnívora vegetariana se comía una flor, primero como venganza, luego por cebada como perro de pelea que prueba carne cruda.
El tema es que la Venus cada vez se ponía más linda, y doña Hortensia no pudo controlar su deseo de tenerla. “Te pago lo que sea” le había dicho con los ojos inyectados en sangre de ansiedad a Emilia. Ante lo cual la muchacha sin mayor titubeo se la regalo, mitad porque se dió cuenta que le convenía y mitad porque se asustó. Hortensia se fue feliz, su jardín en Barrio Residencial iba a provocar la envidia de sus compañeras de te canasta.
Y la carnívora estaba de parabienes también, ese jardín sí que era un oasis. Había plantas de todos los sabores y colores. Y los códigos con los que había crecido Dionaea habían desaparecido para siempre junto con la gula que crecía y crecía.
Pero la Venus Atrapamoscas que estaba en su salsa en ese tremendo caserón, no estaba sola.
En la mansión de doña Hortensia vivían Elena, la cocinera y nana de los hijos ya crecidos de la señora de la casa. Solange la recién estrenada mucama cama adentro, ahora que el señor no estaba y Hortensia no corría con el riesgo de ornamentar su mollera con protuberancias de marfil. Y además estaba Cesar, el jardinero. Un hombre joven, solitario y medio mal llevado.
El tema es que cada casa es un mundo, y Cesar se “frecuentaba” muy frecuentemente con Solange. El estaba enamoradísimo. Ella era una mocosita, un poco ligera de casco, y a la que le gustaban todos: el paseador de los perros, el aguatero, el técnico de la alarma y el de internet. Pero el que más le gustaba era Roberto, el piletero, un tipo joven, atlético, simpático y casado. En el fondo Solange sabía que Cesar la amaba y que con él tenía futuro, pero no podía evitar los calores que sentía cuando lo veía al Rober. El deseo era incontrolable. Y encima era mutuo el tema. Así que siempre que podían se revolcaban donde los asaltaba la calentura. Sin embargo Cesar estaba enamorado, pero no era tonto y se dio cuenta que ella lo engañaba con el piletero “Ese se quiere quedar con todo lo mío”. Así que en un rapto de furia, cuando Elena le dijo que “La nena está en el patio, con el piletero que ayer se olvido las herramientas” Cesar salió echando putas "Qué herramientas ni herramientas",  guadaña en mano,  estaba dispuesto a limpiar su honor mancilladlo detrás del cantero de las flores más cuidadas a pedido de la señora.
En un ataque de ira, arrasó no solo con lo que quedaba de las rosas, con alguna que otra margarita y con toda la Dionaea que poco pudo hacer para salvarse de las tijeras podadoras. 
Y aunque la Venus pasó a mejor vida, el incidente  del jardinero no pasó a mayores. Nadie salió lastimado. Terminó perdonando a Solange. Y la doña ni cuenta se dio que faltaba la planta más hermosa de su primoroso jardín.

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