jueves, 15 de diciembre de 2011

Competencia desleal


Muy al contrario de lo que opinen los hombres, si las mujeres desconfiamos es por algo. Tenemos un sexto sentido cuando se trata de proteger a nuestro macho alfa, y nos damos cuenta cuando otra señorita pretende quitarnos a nuestro peor es nada.
El tema es que en infinidad de ocasiones –no siempre porque los hay muy piratas - los tipos no se dan cuenta que una mina les anda arrastrando el ala. Ellos se creen que “ella” es así, cándida y servicial con todo el mundo.
Y ahí es cuando nosotras metemos la pata hasta el fondo. Primero le estamos recalcando todo el tiempo que cada cosa que hace la muy turra es para llamarles la atención: “¿No ves que cuando te mira te hace ojitos y te sonrie?” “¿No te das cuenta que todo el tiempo te hace favores o te dá con todos los gustos?” “Detrás de esa cara de YoNoFuí esa mina anda buscando guerra”
E indefectiblemente lo avivamos. Si él, que es un caído del catre, no se había dado cuenta que la mosquita muerta lo provocaba, ya se dio por enterado y hasta prestó atención a todos los movimientos. Primer error nuestro.
Pero no contentas con haber avivado el zonzaje, empezamos a crear una verdadera contrincante cuando -en la mayoría de los casos- la mina es NiFuNiFa. No nos llega ni a la bosta de la suela de los zapatos. Es la nada misma. Es lo más común que viene en versión femenina. Pero tanto la criticamos, en el empeño que ponemos en que nuestro bien amado vea lo miserable y poca cosa que es, que la terminamos inflando. Y él termina defendiéndola de nosotras que la atacamos sin que ella –todavía- nos haya hecho nada. Terminamos transformándola en una víctima de nuestros celos injustificados. Y para colmo, al sanguango que duerme a nuestro lado, la mina le empieza a parecer la mismísima reencarnación de la Mata Hari. De repente le ve seductora y misteriosa, cuando en realidad la mina es un piojo resucitado, por nosotras mismas encima.
Somos unas boludas bárbaras. No me digan que no.
Por eso chicas, lo mejor que podemos hacer cuando detectamos que una mosquita muerta anda rondando a nuestro hombre, es ignorarla, no darle entidad como competencia. Si nos damos cuenta que él no se avivó es mejor no decir nada. Que él siga feliz en su ignorancia, creyendo que lo mejor que le pudo pasar en su vida es que una mina tan maravillosa como una los eligió como compañero de ruta.
Chicas, recuerden que los hombres son prácticos y por eso mismo son simples, no andan enroscándose la cabeza con especulaciones creadas por las miradas o comentarios de los demás cuando no hay nada firme. Si la señorita en cuestión no se le ofrece directamente, el no se va a dar cuenta de las intenciones de ella. Obviamente, partiendo de la base que a él no le interesa la mina, porque si la atracción es mutua ese es otro cantar, pero no es el tema que hoy nos convoca.
Queridas mías recuerden que si nosotras nos terminamos enredando en una maraña de inseguridad y celos injustificados, vamos a terminar pasando de protagonista de nuestra propia comedia romántica a contrafigura femenina de culebrón venezolano de bajo presupuesto.


viernes, 2 de diciembre de 2011

Para el hambre no hay pan duro


Desde chiquito Serafín fue esquelético de flaco, por eso es que los chicos de la cuadra le decían “esqueletor”. Él se había acostumbrado, pero cada vez que llegaba el verano y con los chicos se iban al canal a remojarse un poco las patas, no podía evitar sentir un dejo de vergüenza por como se le notaba todo el costillar pegado a la piel de la panza.
Y como comía como lima nueva, en la casa no se preocupaban “Lo importante es que sea sanito, y enfermo que come no muere” decía la nona con toda su sabiduría a cuestas. El tema es que él estaba acomplejado. Así que cuando se hizo mayor fue por cuenta propia al médico, para ver si era normal que fuera tan pero tan tan flaquito “Sabe que pasa doctor, de alguna ropa me tengo que comprar talle para niños, y a mi los Power Ranger no me gustan vio”Le había dicho compungido al facultativo. El caso es que el médico de cabecera lo derivo con un gastroenterólogo y análisis más, análisis menos, este último dio con el quit de la cuestión: Serafín tenía la lombriz solitaria.
Con este diagnostico el Chango –como le decían los cumpas- se tranquilizó bastante, el médico le dijo que mientras no tenga problemas estomacales no hacía falta operar. Así que Serafín se dispuso a hacer su vida normal.
El asunto acá es que la que se despertó de su eterno sopor fue la Taenia Saginata que tenía este gurí en su intestino delgado. Para el hambre voraz que tenía esa criatura no había sueldo que alcance. Encima este parásito estaba cada vez más largo, ya medía 5 metros y contando
Entre el segundo trabajo que se tuvo que buscar para saciar la criatura que tenía en sus fauces y lo mucho que comía, Serafín cada vez estaba más flaco y para colmo de males anémico y con un síndrome de fatiga crónica. No tenía fuerzas para nada, cuando llegaba de trabajar se recostaba en siestas que duraban hasta el otro día, ni fuerza para levantarse a comer tenía. Este hecho degeneró en que la lombriz se pusiera más exigente que nunca, se movía cual gusano loco de Super Park dentro del intestino del pobre cristiano, provocando vómitos, gases y hasta convulsiones. Y la cosa empeoraba porque el Chango estaba cada vez más débil.
Así que a la taenía no le quedó otra, tuvo que salir del interior de Serafín para procurarse el pan nuestro de cada día. A pesar de los 10 metros que medía, y el hambre voraz que la impulsaba, la lombriz era bastante cobarde, así que solo salía cuando el muchacho dormía, aprovechando los ronquidos, y se devoraba la heladera y la alacena de la casa. Pero con el correr de las noches, la bicha se cebo y salió a inspeccionar los refrigeradores vecinos. Y cuando ya se había fagocitado todos, siguió por los de los almacenes y supermercados. En Pocito nadie entendía nada, y cómo será que empezaron a sospechar en la existencia de un chupa cabras que debido a la escasez de estas últimas, asaltaba las heladeras de la zona. Entonces en el pueblo se dispusieron montar un operativo de vigilancia, del cual, por supuesto, participó Serafín, que ya se sentía mucho mejor, porque gracias a las salidas nocturnas de la lombriz él podía descansar y alimentarse bien.
Ante tanta movida, la lombriz se asustó y no volvió a salir del intestino de Serafín. Pero a esta altura del partido lo que este chico comía no solo no la saciaba, sino que además no le gustaba. Se había vuelto exquisita la muy guacha. Así que una siesta no aguantó más y huyo del interior del Chango para siempre.
Mucho anduvo vagando, escondiéndose de los cazadores del chupa cabras y de los otros animales que la acechaban, pero el hambre mueve montañas y ella siguió y siguió hasta que llegó hasta las cercanías del Dique de Ullum. Ya famélica del hambre, vió a dos señores que entre pesca y porrones, se comían unos tremendos sándwich de milanesa “Esta es la mía” pensó, y se mandó en busca de su tesoro. Y por más que lo intentó, no pudo escabullir sus diez metros de largo, y uno de los tipos le picó el boleto. Más que nada por el hartazgo que tenía de no haber pescado nada, al ver la lombriz lo único que pudo pensar es que era la carnada ideal. Así que sin mediar palabra alguna y con un golpe más que certero, de un machetazo partió al medio a la taenia y la compartió con su compañero de pesca “Ya sé que acá se pesca con mosca y no con lumbrí, pero total no nos ve nadie y no vamos a llegar con los brazos vacíos pa´ las casas. Todavía la Marta no me va a creé que estuvimo pescando”