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Para el hambre no hay pan duro


Desde chiquito Serafín fue esquelético de flaco, por eso es que los chicos de la cuadra le decían “esqueletor”. Él se había acostumbrado, pero cada vez que llegaba el verano y con los chicos se iban al canal a remojarse un poco las patas, no podía evitar sentir un dejo de vergüenza por como se le notaba todo el costillar pegado a la piel de la panza.
Y como comía como lima nueva, en la casa no se preocupaban “Lo importante es que sea sanito, y enfermo que come no muere” decía la nona con toda su sabiduría a cuestas. El tema es que él estaba acomplejado. Así que cuando se hizo mayor fue por cuenta propia al médico, para ver si era normal que fuera tan pero tan tan flaquito “Sabe que pasa doctor, de alguna ropa me tengo que comprar talle para niños, y a mi los Power Ranger no me gustan vio”Le había dicho compungido al facultativo. El caso es que el médico de cabecera lo derivo con un gastroenterólogo y análisis más, análisis menos, este último dio con el quit de la cuestión: Serafín tenía la lombriz solitaria.
Con este diagnostico el Chango –como le decían los cumpas- se tranquilizó bastante, el médico le dijo que mientras no tenga problemas estomacales no hacía falta operar. Así que Serafín se dispuso a hacer su vida normal.
El asunto acá es que la que se despertó de su eterno sopor fue la Taenia Saginata que tenía este gurí en su intestino delgado. Para el hambre voraz que tenía esa criatura no había sueldo que alcance. Encima este parásito estaba cada vez más largo, ya medía 5 metros y contando
Entre el segundo trabajo que se tuvo que buscar para saciar la criatura que tenía en sus fauces y lo mucho que comía, Serafín cada vez estaba más flaco y para colmo de males anémico y con un síndrome de fatiga crónica. No tenía fuerzas para nada, cuando llegaba de trabajar se recostaba en siestas que duraban hasta el otro día, ni fuerza para levantarse a comer tenía. Este hecho degeneró en que la lombriz se pusiera más exigente que nunca, se movía cual gusano loco de Super Park dentro del intestino del pobre cristiano, provocando vómitos, gases y hasta convulsiones. Y la cosa empeoraba porque el Chango estaba cada vez más débil.
Así que a la taenía no le quedó otra, tuvo que salir del interior de Serafín para procurarse el pan nuestro de cada día. A pesar de los 10 metros que medía, y el hambre voraz que la impulsaba, la lombriz era bastante cobarde, así que solo salía cuando el muchacho dormía, aprovechando los ronquidos, y se devoraba la heladera y la alacena de la casa. Pero con el correr de las noches, la bicha se cebo y salió a inspeccionar los refrigeradores vecinos. Y cuando ya se había fagocitado todos, siguió por los de los almacenes y supermercados. En Pocito nadie entendía nada, y cómo será que empezaron a sospechar en la existencia de un chupa cabras que debido a la escasez de estas últimas, asaltaba las heladeras de la zona. Entonces en el pueblo se dispusieron montar un operativo de vigilancia, del cual, por supuesto, participó Serafín, que ya se sentía mucho mejor, porque gracias a las salidas nocturnas de la lombriz él podía descansar y alimentarse bien.
Ante tanta movida, la lombriz se asustó y no volvió a salir del intestino de Serafín. Pero a esta altura del partido lo que este chico comía no solo no la saciaba, sino que además no le gustaba. Se había vuelto exquisita la muy guacha. Así que una siesta no aguantó más y huyo del interior del Chango para siempre.
Mucho anduvo vagando, escondiéndose de los cazadores del chupa cabras y de los otros animales que la acechaban, pero el hambre mueve montañas y ella siguió y siguió hasta que llegó hasta las cercanías del Dique de Ullum. Ya famélica del hambre, vió a dos señores que entre pesca y porrones, se comían unos tremendos sándwich de milanesa “Esta es la mía” pensó, y se mandó en busca de su tesoro. Y por más que lo intentó, no pudo escabullir sus diez metros de largo, y uno de los tipos le picó el boleto. Más que nada por el hartazgo que tenía de no haber pescado nada, al ver la lombriz lo único que pudo pensar es que era la carnada ideal. Así que sin mediar palabra alguna y con un golpe más que certero, de un machetazo partió al medio a la taenia y la compartió con su compañero de pesca “Ya sé que acá se pesca con mosca y no con lumbrí, pero total no nos ve nadie y no vamos a llegar con los brazos vacíos pa´ las casas. Todavía la Marta no me va a creé que estuvimo pescando”

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