Body Positive

Mente sana en cuerpo sano

septiembre 13, 2017

Ya mucho se ha escrito sobre como la producción hormonal puede hacer estragos en el carácter y el estado anímico de cualquier mujer, pero la falta de comida provoca pavorosos ataques temerarios perpetrados en contra de todo ser humano que ose cruzarse con ella y hablarle de comida, de calorías, de ejercicio, de gordura, de flacura, y hasta de precios de alimentos. Es que ponerse a dieta es casi como una batalla épica. Al comienzo estamos con todas las pilas puestas, sentimos que nos vamos a llevar el mundo por delante, que nadie nos va a parar hasta no tener el traste de la Cirio. No nos importa que seamos poco realistas y empecemos con una dieta de 1000 calorías, acostumbradas como estábamos a ingerir unas 2.500. A los dos o tres días nos queremos comer el mundo, pero literalmente hablando. Tenemos un hambre atroz. Daríamos nuestro reino, si lo tuviéramos, por un sándwich de milanesa o por un alfajor triple. Y ahí es cuando empiezan los problemas, porque la falta de comida te vuelve mala, mala. Lo peor de todo, es que a medida que pasa el tiempo, si bien hemos conseguido adelgazar algunos gramos, el culo no nos está quedando como el de la Cirio, es más, está más caído y celulítico que antes, y ni hablar las estrías que se matan de risa del esfuerzo sobrehumano que una está haciendo para no caer en la tentación de engullirse una pizza entera con 2 litros de Coca. Nos sentimos estafadas en nuestra esperanza. Y cuando finalmente sucumbimos ante el encanto de un plato de tallarines con estofado nos sentimos vilmente culpables. Tan enojadas estamos con nosotras mismas, que cualquier persona que ose mencionarnos que estamos rompiendo nuestra dieta es merecedora de cualquier castigo divino, y que por supuesto, nosotras nos encargaremos de llevarlo adelante, profiriéndole los improperios más hostiles y absurdos que se nos crucen por la cabeza. Y así estamos oscilando entre la culpa y la tentación durante todo el proceso que dure nuestra afamada dieta. Pero como bien nos enseña el movimiento del Body Positive; me parece que lo que hay que entender es que el problema no es la dieta, sino lo que nos motiva a seguirla. Obvio que si queremos tener el cuerpo de Pampita, por más que le declaremos la guerra a las harinas seremos desertoras, porque nuestra genética hace imposible que lo consigamos. Pero si nuestro objetivo es estar sanas y gustarnos a nosotras mismas, no tenemos que ponernos metas inalcanzables. Porque lo único que debe importarnos es sentirnos bien con nosotras mismas ¿qué más dá lo que digan los demás? Porque la belleza está en los ojos de quien la mira. Por eso es que si nosotras nos vemos y nos sentimos hermosas, nuestra alma lo reflejará y los demás empezaran a vernos así. Porque tu traste no será como el de Magui Bravi, pero es el mejor traste que vos podes tener, y te aseguro que muchos te lo codician.

Body Positive

De cómo no vas a venderle un vestido a nadie en tu perra vida

septiembre 13, 2017

Venderle ropa a una mujer es todo un arte. Porque estamos hablando de que tenés que convencer a seres competitivos, indecisos e insatisfechos de que algo le queda tan divino que los hombres se van a desmayar a su paso y de que a la vez desatará la envidia más descarnizada de cada mujer que pise este planeta. La regla más básica (pero tal vez la más complicada de que resulte convincente para la potencial compradora) es asegurarle con tu mejor cara de que sos la dueña absoluta de la verdad, de que si algo la corta al medio de lo ajustado que le queda, va a “ceder” con el uso, o en el caso de que esté embolsada adentro de una prenda, va a “encoger” cuando la lave. Sin embargo siempre existe una excepción que confirma la regla y me lo topé esta tarde. Hoy cuando volvía a mi casa, pasé por la puerta de un local de ropa para mujeres y tanto en la vidriera como dentro de los exhibidores del local, se disponían muchísimos vestidos del mismo modelo pero de distintos colores, uno más lindo que el otro, así que no pude resistirme y entré a probarme alguno, decidida a llevarme uno. Luego de examinar uno por uno para elegir que color de vestido era el que me gustaba más, elegí 3 para probarme. Uno blanco y negro, otro rojo y negro y uno negro liso y llano. Cuando le comunico mi decisión a la única vendedora que había, está me mira y me escupe con ceño fruncido: “Mmmm…me parece que este talle es chico y después se cortan los hilos y tengo que estar repasando las costuras”. Yo estupefacta, me debatía entre recitarle el decálogo del Body Positive o de revolearle los vestidos en la cara y decirle que se los introduzca por el esternón, pero tuve una idea mucha mejor. Como yo sabía que esos vestidos me entraban a la perfección, me metí lo mismo al probador, y una vez que me calzaba el vestido, salía del cubículo de tela para mirarme en el espejo desde más lejos, enrostrándole que dicha prenda parecía estar hecha a mi medida, pero la criticaba abiertamente. Lo hice con los 3 vestidos: el negro era muy escotado, el blanco se transparentaba y el rojo era corto. Una vez que terminé con el desfile, se los entregué hecho un bollo diciéndole burlonamente: “No, no tienen buena confección. Igual gracias” Y me marché para no volver nunca jamás, pero con la frente bien en alto

Madre hay una sola

No es lo mismo

marzo 31, 2016

No es lo mismo el culo que el mes de agosto. No es lo mismo el sexo que el amor. Y tampoco es lo mismo ser madre a los 30 que a los 20.
Como madre añosa primeriza, estoy en condiciones de afirmar que no es lo mismo ser madre de un pequeño ser rebozante de energía y de caprichos, que reafirma su identidad, reforzando su independencia a la misma vez que se arrastra por la casa colgado de tus piernas, pidiéndote upa, a los 30 que a los 20.
Las madres de 20, principalmente, tienen más paciencia y más estado físico. Ambos atributos que las mamis de 30, por mas crossfit que hayamos hecho, ya no tenemos. Toleran mejor los juguetes desperdigados por la casa, las paredes dibujadas con crayón y las cucharas de pure voladoras. Yo, personalmente, me he pasado preciados momentos que ya no volverán limpiando las paredes con dentífrico o bicarbonato, borrando las obras de arte que el crio plasmó en el living del hogar. Del temita del estado físico mejor ni hablemos, o ¿quieren que les cuente lo que es caminar 5 cuadras con tu retoño de 2 años y medio y 15 kilos de peso, dormido, en plena siesta veraniega? Hecha bosta, literalmente así, vuelvo cuando lo voy a buscar al jardín.
Otro atributo innegable de las mamis de 20 es que son mas relajadas o como me gusta catalogarlas a mi: temerarias. Los pibitos aprenden a hamacarse, a tirarse del tobogán, a saltar en la cama y demás deportes extremos mucho antes que un retoño de madre treintañera, mucho más cautelosa (o cagona) lo que suele convertirlas en sobreprotectoras  (hasta me arriesgaría a decir represoras). Es que aunque las mujeres de 30 seamos más seguras de nosotras mismas y de nuestro rol, también somos más conscientes de los peligros externos que no podemos eliminar o reducir, según un concienzudo y meticuloso plan de control de daños, esos que tanto nos encanta diseñar. Por ejemplo yo soy fan de las rutinas: para dormir, para comer, para bañarse, para hacer pipí, para jugar en la plaza, para todo vamos!
 Es que es tan difícil ser madres…  Y no estoy diciendo ninguna luminaria, simplemente estoy expresando una verdad absoluta, los pibes deberían nacer con un manual de instrucciones , yo por las dudas voy a pegarme una vuelta por el obstetra para preguntarle sino se lo dejó adentro cuando me sacó el chiquito.